lunes, 28 de mayo de 2012

Capítulo 14

Cerré mis ojos y respiré profundamente. Decidí pasear por aquel jardín hasta que la joven apareciese. Podría ser una mentira convincente el haberme quedado observando la belleza de la naturaleza. Según tenía entendido a las mujeres les gustaba ese tipo de sensiblerías.
Aquel jardín era inmenso. Mis ojos buscaron algún indicio de vida alrededor pero por suerte no era así.
Encontré un pequeño lago en el que varios peces revoltosos de colores jugaban entre ellos bajo aquella luz blanquecina que hacía ver el mundo desde otra perspectiva.
Me senté en la orilla observándolos. Su existencia era tan insignificante. Su único objetivo era procrear y alimentarse mientras nadan en aquellas turbulentas aguas. ¿Sentirían frío alguna vez? El agua es agradable pero cuando está a determinadas temperaturas superiores a su propia congelación.
- ¡Oh, me enganché!
La voz de la joven Helen llegaba a mis oídos bastante cerca del lugar donde me encontraba. Me levanté y fui en su auxilio como un completo caballero a pesar de que me era más que indiferente que se quedase allí media vida.
Al llegar a dónde se encontraba vi como las tiras de su corsé se habían enredado con algunas ramas. No era capaz de desengancharse por si sola y a decir verdad la situación me resultó realmente divertida. Pensaba, incluso, en la posibilidad de desnudarse en aquel lugar para ser capaz de escapar de aquella presa.
- ¿Me permite? -susurré cerca de su oído.
Ella rápidamente volvió su rostro hacía el mío mientras su corazón se disparaba ya que había recibido un gran susto.
Antes de que pudiese responderme, deslicé mis dedos por las ramas y rompí las puntas para que así pudiese seguir caminando.
- Salvada -sonreí mirándola.
Sus ojos azules no dejaban de observarme ni un solo momento. Estaba visiblemente desconcertada y se preguntaba lo que estaba haciendo allí en ese momento. Después sus mejillas se volvieron de un rojo intenso al avergonzarse por como debía haber sido para mí encontrarla atrapada por unas pequeñas ramas. Se sentía torpe y dejó escapar un suspiro.
- Gracias -susurró y bajó su mirada.
Se separó unos pasos de mí y después, como si acabase de darse cuenta de mi presencia se giró y con su mirada completamente fija en cada uno de mis posibles movimientos, frunció su ceño y arrugó sus labios mientras formulaba la pregunta.
- ¿Qué está haciendo usted aquí?
Su expresión me inquietó. Había parecido tan segura durante todo el baile y ahora parecía temerme. Bien hecho por su parte pues podría romperle el cuello en cualquier momento.
- ¿No puede pasear uno de sus invitados por el jardín?
A pesar de que intentaba ser inocente ella pareció no creérselo mucho. Se alejó de mí otro paso más y agarró con fuerza su falda alzándola suavemente por si tenía que salir corriendo.
- El baile terminó hace al menos una hora -respondió-. ¿No se percató que la música hace tiempo que dejó de sonar?
Un razonamiento muy lógico. A pesar de ello debía hacerme el tonto para que mi excusa por permanecer entre los árboles resultase creíble.
- Para serle sincero -bajé mi mirada fingiendo avergonzarme-, no hace mucho que recuperé la consciencia. Había salido a pasear y al encontrar ese hermoso lago, me senté en la orilla. Para mi mala fortuna, me apoyé en un tronco y digamos que el alcohol ingerido hizo su efecto. Me quedé dormido – alcé de nuevo mi mirada hacia la de ella-. Espero no ser una molestia.
- En absoluto -negó con suavidad-. ¿En serio se quedó dormido?
- Con gran vergüenza, debo admitir la verdad -sonreí.
Ella se rió mientras comenzaba a relajarse. Me hizo una pequeña inclinación de cabeza indicándome que podía seguirla si lo deseaba. Caminé tras ella observando cada pequeño gesto de su rostro y deleitándome con el latido de su corazón. La sed comenzaba a quemar mi garganta pero intenté centrarme en la situación y en mi propósito antes de beber hasta la última gota de su sangre.
- ¿Le gustó el baile, señor Byron?
- Es el primer baile al que voy desde hace tiempo. No es que sean mucho de mi agrado pero hay realmente pocas maneras diferentes para distraerse, ¿no cree?
Helen frunció sus labios pensativa antes de responder mientras llegábamos a la orilla del lago en el que antes había estado.
- En realidad, es una de las maneras más agradables. No es usual que en los bailes una persona inocente resulte herida -giró sobre sus talones para mirarme-. He de reconocer que la frivolidad que se respira en las reuniones sociales tampoco es de mi agrado pero lamentablemente deberé convivir con ellas toda mi vida. Negocios, placer, aburrimiento, diversión… suelen ir de la mano en estos eventos. La mezcla entre clases lleva a buenos negocios, es cierto, pero detesto que la mayoría de todos los magnates que estuvieron entre  esas cuatro paredes hace tan solo una hora, sean tan poco caballeros cuando se trata de sus ganancias. No importa si el resto de familias deben morir de hambre mientras sus bolsillos estén llenos hasta los bordes. ¿Para qué ayudar si puedes poseer más dinero del que puedes gastar en toda tu vida? Sinceramente, ridículo.
La miré perplejo y después sonreí. Era la primera mujer a la que había escuchado hablar sobre un tema semejante y más con una opinión tan firme acerca del egoísmo de aquellos hombres que podían limpiarse con billetes que algunas familias de aquel reino no habían sido capaces de volver a ver desde la guerra.
- Envidio su valentía, señorita. Siendo capaz de hablar de los egocéntricos magnates teniendo delante a uno de ellos.
- Me he percatado, pero créame que conozco su historia. Usted, más que alguien increíblemente inteligente para los negocios, fue alguien extraordinariamente afortunado por aquella repentina muerta de su antecesor en poseer esa enorme fortuna -sonrió.
- Es encantadoramente inteligente como para insultar a un hombre pero después regalarle su sonrisa para que así el dolor o sus palabras venenosas dejen de tener ese efecto tan dañino -le devolví la sonrisa.
Me miró fijamente a los ojos mientras su sonrisa se borraba por completo de sus labios y agarraba su falda entre sus dedos para caminar de nuevo hacia la puerta del palacio.
- Será mejor que se marche o rápidamente enviaré a los soldados -me previno.
- Gracias por su consejo.
- No era ningún consejo. Pero ahora si le daré alguno -se giró para mirarme con una expresión realmente fría-. La próxima vez que desee que una princesa acceda a sus favores, seas cuales sean, piense bien con quién está hablando -se volvió a girar y corrió hacia el edificio.
Alcé una ceja por sus palabras y después me percaté de una presencia. Alcé mi mirada hacia donde pensaba que me estaban observando y vi allí a la princesa.
¿Cómo había llegado tan deprisa hasta su cuarto? Era completamente imposible.

Capítulo 13

Me deslicé entre las calles cercanas a palacio. Gracias a mis nuevas habilidades era capaz de ver con completa claridad aunque estuviese de noche.
Cientos de centinelas aún seguían vigilando las puertas. La fiesta había terminado hacía una hora pues la reina había comenzado a sentirse indispuesta.
Relamí mis labios descubriendo que aún estaban impregnados de las gotas de sangre de mi última víctima. Comencé a caminar entre las sombras acercándome lo posible a la verja.
Demasiados guardias para pasar desapercibido. Iba a desistir en mi intento justo en el momento que vi como salían a uno de los balcones la joven Helen y el hombre que más detestaba en este mundo, Christopher Norton.
Apreté mi mandíbula mientras rompía mi bastón con un simple movimiento. ¿Acaso él la tenía conquistada y terminarían juntos esa noche? No podía permitir que mi venganza no se cumpliese.
Salté y comencé a trepar la casa que estaba a mi derecha. Me concentré en mi ira, en mi odio hacia ese hombre y no me permití pensar en nada que no fuese llegar hasta él.
Desde las alturas no me podrían atrapar. Salté por los tejados con cuidado, con el sigilo de un gato mientras mi ceño se fruncía cada vez más. Salté la verja sin dificultad, no me importaba en ese instante haber saltado más de cinco metros, solo necesitaba llegar hasta el lugar donde mi plan estaba llegando a su fracaso.
Corrí por los arbustos, aquel jardín era bien grande pero a la vez frondoso lo que me daba innumerables lugares para refugiarme.
Agudicé mi oído mientras me ocultaba tras el tronco de un árbol. Los latidos del corazón de ambos eran sencillos de reconocer. Ella, tranquila como si nada estuviese sucediendo, él, al borde de una taquicardia por tenerla tan cerca.
- Señorita Devonshire -comenzó él-, debo admitir que ha sido una fiesta un tanto frívola. Debería reprochar a todos los ciudadanos por no haber hecho caso de su presencia y pasarse la velada halagando a tal sujeto.
- Estúpido -susurré sabiendo que se refería a mí.
- ¿Por qué debería reprocharles que hagan lo que consideren oportuno? -preguntó ella y en su mente pude comprobar que era sincera-. No deseaban hablar de mi compañía sino que ansiaban comentar sobre aquel joven tan amable. El mundo es libre y no seré intolerante con ellos, señor Norton.
Sonreí satisfecho. Ella le había callado. No era egoísta como el larguirucho.
- Supongo que tiene usted razón -contestó.
No podía perderme las caras de ninguno mientras hablasen por lo que rápidamente busqué algún arbusto lo suficientemente cercano para contemplar todo a la perfección pero que estuviese lejano para que no me viesen espiarles.
- Dígame, ¿disfrutó la fiesta?
- Si le soy sincera, no soy de las personas que desean pasar los días entre miles de sus semejantes. Me agobia pero todos han sido muy amables así que imagino que el baile fue todo un éxito -contestó con aquella voz que mientras me iba acercando más dulce me parecía.
Al fin había encontrado el lugar apropiado. Podía observarles entre las ramas mientras las hojas oscuras me camuflaban.
- Señorita Devonshire -comenzó Christopher.
Se notaba que estaba nervioso mientras en su mente una y otra vez desechaba la idea de contarle a la joven sus sentimientos. Su corazón bombeaba más y más deprisa mientras pensaba en la posibilidad de rozar los labios de su amada.  Pensaba que serían carnosos, dulces e inolvidables.
Su deseo por ella era más romántico que apasionado y la sentía de una manera que podría resultar así atractiva para cualquiera.
- Dígame, señor Norton -sonrió sin percatarse que una sola sonrisa le mataría de una taquicardia.
- Idiota enamorado -negué.
Christopher se arregló los guantes, miró a la princesa fijamente a los ojos azules y se perdió por un instante en ellos pensando en la posibilidad de robarle un beso. Frunció sus labios y después volvió a negarse esa posibilidad.
- ¿Le molestará mucho que venga a visitarla? -suplicó más que preguntar mientras desviaba nervioso su mirada.
- En absoluto -sonrió ella mientras daba una palmada y dejaba sus manos juntas-, será un placer disfrutar de su compañía, señor.
En ese momento se escuchó como unas faldas se acercaban hasta ellos. Hice una mueca, la romántica escena se vería interrumpida pues su alteza tenía que entrar en los aposentos de la reina por petición explícita de ella.
Miré la luna y respiré profundamente. ¿Podría intentar conocer esa noche un poco más a la princesa? ¿Quizá podría colarme en su habitación? No, si hacía algo semejante lo más probable es que tuviese que terminar matándola si chillaba y eso me dejaría sin saciar mi deseo.
- No se preocupe -contestó Christopher a la princesa que se había disculpado-, vaya tranquila, yo me iré a mi hogar.
Volví a girarme para mirar sus rostros. La belleza rubia se puso ligeramente de puntillas y dejó un beso en la mejilla del joven que perplejo la miró y mientras ella desaparecía entre los pasillos de palacio, suspiró enamorado perdido para siempre en ese estúpido sentimiento que sentía por ella.
Negué y esperé hasta que Christopher desapareciese. Comencé a correr siguiendo los pensamientos de la joven para que así pudiese saber lo que estaba pasando.
La reina estaba más pálida de lo que recordaba en la fiesta y tumbada en la cama. Su hija dialogaba con ella mientras su padre chillaba enfurecido por como su madre había tenido que terminar la fiesta para nada.
- No se preocupe, madre -pude escuchar la dulce voz de Helen-, yo cuidaré de usted. Descanse.
Tras ello pensó que necesitaría pasear esa noche bajo la luna para poner en orden en su mente todo lo sucedido en el día y lo que significaba que su padre hubiese decidido presentarla en sociedad a pesar del trato que habían hecho.
¿Trato? ¿Qué trato? ¿Acaso en palacio se ocultaban más cosas de las que pensábamos los humildes pueblerinos? ¿Qué podríamos desconocer del reinado temible de aquel hombre que parecía todo bondad pero que de puertas para dentro su familia estaba aterrada por sus cambios de humor? La curiosidad me mataba por lo que quizá con el tiempo pudiese preguntarle a la princesa sobre ello.

Capítulo 12

Agarré su cadera apretándola contra la pared mientras mis labios devoraban la piel de su cuello. Deslicé entre mis dedos el cordón de su corsé mientras  pensaba que no lograría soportar tanto tiempo hasta que la desprendiese de todas sus prendas.
La pareja de baile que tenía a mi lado no era nada más ni nada menos que la joven Helen junto a su inseparable acompañante. Apreté a Johanna contra mi cuerpo furioso por tener que soportar que me siguiese frustrando mis planes. 
Su cabello se deslizaba por mi mejilla haciéndome ligeras cosquillas mientras mis manos agarraban con más fuerza sus caderas pegando nuestras pelvis aún sobre la ropa.
Los delicados dedos de Helen se habían posado en el hombro de su guía en aquella extraña danza única en nuestro reino. Su mirada se cruzó con la mía y sus mejillas se sonrojaron por vergüenza de ser descubierta observando algo que no debía mirar.
Fruncí mi ceño. Ella no parecía desearme como cada mujer de aquel lugar lo que me hacía perder la paciencia. No podría soportar mucho más aquella situación. ¿Qué tenía ella? ¿Era inmune a los encantos de un vampiro? Quizá desde lejos no podría ver bien que todo mi ser estaba destinado a atraparla y envolverla en una cúspide de la que jamás desearía salir pero que sería yo el primero que la devolvería a la realidad. 
- William -susurró mientras la giraba y me deshacía rompiendo de un tirón de aquella especie de mantel que tenía como falda.
Me acerqué a ella. Tomé su mano en el momento más inesperado y la besé con suma suavidad. La pieza terminaba y sus ojos azules estaban clavados en mis actos. Al fin pude sentir su delicada piel contra la mía. Unos escalofríos recorrieron todo mi cuerpo. Ella debía ser mía antes de que otro la tocase. 
La tomé en mis brazos y la llevé hasta la cama. La dejé sobre ella mientras me sonreía sabiendo lo que iba a pasar. Aquello la encantaba.
- Alteza, es un placer conocerla -musité. 
¿Un placer conocerme? -rió y aquella risa me resultaba increíblemente atrayente-. Es usted quien tiene revolucionada a todo el gentío de esta fiesta, señor Byron. 
Sabía mi nombre. Se había fijado en mí al menos. Eso era un tanto a mi favor. La sonreí y su sonrisa correspondió a la mía mientras soltaba su mano. 
Me quité la ropa. Me estorbaba. No la necesitaba en ese momento para nada. La giré, dejé que apoyase sus manos en el cabecero de aquella cama.
- ¿Señorita Helen? -susurró el larguirucho. 
- ¿Sí? -sonrió ella con una increíble amabilidad. 
- ¿Le está importunando? 
- En absoluto, el señor Byron desea devolverme el protagonismo de este baile, pero ya le dije que sería algo innecesario pues con su sola presencia cautivó a todas las mujeres y con su porte todos los hombres desean realizar negocios con tan apuesto y abierto empresario. La juventud en este mundo es una gran ventaja pues aunque resulte extraño se piensa que en ella se conseguirá la experiencia -rió. 
Agarré sus caderas y la apreté con brusquedad contra mí. Maldita maldición. ¿Por qué aquel deseo era aún mayor que antes?
Tomó su mano después de que hubiésemos hablado durante un rato maravilloso. Su risa estaba siempre presente al igual que su sonrisa algo que resultaba sumamente agradable, pero aquel engreído no la dejaba sola ni un minuto. 
Intenté seguir pero me era imposible, no podía quitarme a Helen de la cabeza, mi obsesión era por ella. Me estaba volviendo completamente loco.
- ¿William?
- ¡Lárgate! -grité.
- ¿Cómo voy a irme? -respondió elevando un poco la voz.
Lo que me faltaba. Una estúpida que ahora se sentía ofendida porque no la había dado su buena dosis de placer.
- ¡HE DICHO QUE TE LARGUES! -la agarré de su brazo y la empujé fuera del colchón.
Necesitaba a Helen no a cualquiera que se me entregase. No podría acostarme con otra mujer hasta que no tuviese el cuerpo inmaculado de aquella joven. Tenía que enamorarla de alguna manera.
- Imbécil -dijo a mis espaldas.
Me giré y la apreté contra la pared. ¿Quería encontrarme? Lo había conseguido. Abrí sus piernas y sin piedad arremetí contra ella mientras gritaba el nombre de la belleza rubia que me volvía completamente loco físicamente.
No me importaba nada de lo que escuchaba solo descargarme. Necesitaba soltar mi ira. Mis ojos se volvieron de un intenso rojo y mientras ella me suplicaba piedad ya que se había asustado, clavé mis colmillos en su yugular.
Noté como su sangre bajaba por mi garganta y succioné con todas mis ansias para que así se quedase vacía y dejase de chillar. Me encantaba arrebatar el alma, robarles la vida de esa manera a mis víctimas.
Y mientras su cuerpo aún permanecía caliente, la tiré al suelo y me vestí saliendo por la ventana sin ser visto. Debía ver una sola vez más aquellos ojos azules antes de que terminase el día.

Capítulo 11

Allí estaba ella. Deslumbrante. Sus ojos azules miraban de un lado a otro sin detenerse en ninguna cara concreta.  Sus manos permanecían temblorosas.  No avanzaba de aquel lugar. Seguía quieta en el primer escalón. Aquella era mi oportunidad de acercarme a ella por lo que decidí subir para llegar a su rescate pues parecía estar a punto de desvanecerse.
En el preciso instante que había ascendido dos escalones apareció un brazo al lado de la joven y le ofreció su ayuda para descender mientras el rechoncho portavoz comenzaba a anunciar:
- El conde Christopher Norton.
Las mujeres comenzaron a suspirar y algunas murmuraron acerca de la maravillosa pareja que hacían juntos. Apreté en mi puño la borla de mi bastón. Aquel larguirucho se había vuelto a poner entre la belleza rubia y yo. Tomé con fuerza mi bastón y me perdí entre el gentío para intentar controlar mi ira.
Me acerqué hasta donde estaban las bebidas. Con el paso de los años había aprendido que el alcohol no tenía efecto en mi nueva naturaleza por lo que podía tomar tanto como quisiera. Pedí una copa y escuchaba el revuelo de palomitas pavoneándose de sus nuevos vestidos que habían hecho coser para la ocasión.
Me giré mientras me apoyaba en una pared. No deseaba por el momento conocer a nadie. Sujeté el vaso con mis labios mientras bebía un sorbo de aquel licor que era excelente por el momento pero sabía que a medida que la fiesta avanzase se transformaría en el peor que tuviesen en la despensa.
Alcé mi mirada del vidrio hasta posarla en la joven que se estaba transformando en mi obsesión. Algunos mechones de sus cabellos caían sobre sus mejillas haciéndome desear estar frente a ella y deslizarlos tras su oreja para que me permitiesen ver por completo aquellos rasgos perfectamente deseables.
Noté como mis labios se abrían con suavidad y la bocanada de aire repleto de fragancias humanas llenaba mis pulmones produciéndome una necesidad de demostrar mi lado oscuro.
- Señor Byron -escuché a mi espalda y me giré acto seguido para encontrarme con un hombre de pelo canoso observándome.
- ¿Sí?
- Me llamo Richard Gallagher – estiró una mano hacia mí mientras intentaba sonreír-. Y esta es mi joven hija, Ammber.
- Encantado -estreché mi mano con la de aquel hombre y después besé suavemente el dorso de la de su hija.
Me fijé en aquel hombre. Sus ojos marrones estaban fijos en los míos mientras rozaba la mano de su hija con mis labios. La solté y entonces recordé de donde conocía a aquel hombre.
Richard Gallagher, dueño de la riqueza procedente de la mina de carbón del reino. La había descubierto después de siglos abandonada en precarias condiciones.  Comenzó a trabajar en ella y rápidamente se volvió el dueño y la necesidad de todos los habitantes del lugar. ¿Quién deseaba tener que depender de que la madera estuviese seca si podía calentarse con un poco de carbón en cuestión de segundos? Aprovechando la guerra los precios ascendieron como la espuma pues había pocas existencias ya que no tenía suficientes trabajadores. La ley de la oferta y la demanda. Un hombre inteligente como pocos.  Supo invertir y ahora tenía más dinero del que podría gastar en tres vidas.
A su lado su hija, de facciones indescriptibles, me miraba con curiosidad y por sus latidos supuse que también con deseo. Le sonreí mientras su padre comenzaba una conversación en la que no estaba interesado ni lo más mínimo. Aquella joven no era muy agraciada pero seguramente que podría tener una soltura considerable entre las sábanas.
Unas palabras de su padre me hicieron volver a intentar parecer aquel joven del que todos desearían ser la mitad de maravilloso que a simple vista parecía. Cualquiera que escuchase mis pensamientos sabría que tenía un ego tan grande como la fortuna que había heredado pero ¿a quién le importaba lo que pensasen los demás? El futuro no estaba en los hombres, sino en las jóvenes que heredarían aquellas inmensas cantidades de dinero.
- Nos complacería invitarle a nuestra casa un día. Sería muy descortés no invitar a alguien nuevo en este mundo. Mi hija, es más, desearía ser su guía para mostrarle las maravillas de este reino por si decide quedarse o fijar su residencia aquí -concluyó.
- Debería pensar en la oferta de mudarme a este lugar. Puede que su hija -sonreí a la joven-, me enseñase las ventajas de este reino sobre otros, sea suficiente para que compre cualquier lugar y decida permanecer aquí el tiempo necesario. Además desearía realizar algunos negocios. Quizá sea interesante su oferta acerca del carbón o incluso podría usted ser un gran amigo y mostrarme qué interesante podría ser que aportase ciertas… digamos donaciones a determinados proyectos -sonreí mientras él veía que entendía sobre todo ello.
- Será un placer. Esperamos que venga a visitarnos pronto, entonces -asintió.
- Por supuesto. Cuenten con mi presencia cuando menos lo esperen -alcé mi copa y tras despedirme y volver a besar la mano de Ammber caminé acercándome hasta donde comenzaban las damas a arremolinarse para ser la pareja de baile de algún joven.
Observé a todas y cada una de las posibles presas. Canturreaban, daban ligeros chillidos agudos cada vez que un hombre las miraba más de dos segundos y ellas se percataban.
La música cada vez sonaba más alto y las parejas se iban formando. Fui consciente de ser el objeto de deseo de muchas miradas pero una emanaba lujuria.
Desvié un poco la trayectoria que recorría para contemplar a la belleza de cabellos de oro que me volvía loco tanto de noche como de día. Permanecía al lado de su estúpido enamorado recibiendo sus atenciones. No había manera alguna de que ella se fijase así en mí por lo que no iba a perder mi tiempo.
Me giré y sonreí de la manera más seductora que sabía a la mujer pelirroja que desde el primer instante pensaba como hacer que ambos gritásemos de delirio.
- ¿No se anima a bailar, señora? -pregunté con una mirada juguetona.
- Señorita -me corrigió ella-. Y no hay ningún hombre que deseé bailar conmigo. ¿Puede creérlo?
Podía, pues todo los presentes querían bailar con la princesa Devonshire que aún no se había percatado de que tenía a toda la corte a sus pies.
- En absoluto -susurré mientras tomaba su mano y la sacaba a bailar.

Capítulo 10

Escuché mi nombre alto y fuerte resonando por toda la estancia que se había quedado completamente en silencio. Una sonrisa hizo amago de dibujarse en mi rostro pero la contuve.
Levanté la barbilla para que todo el mundo entendiese que era consciente de mi situación social y como cualquiera de ellos no me llegaría ni a la altura de los zapatos.
Las mujeres mantenían su mirada sobre mi rostro, mi porte distinguido. Sabía que las había impresionado a todas y cada una de ellas. La sensualidad que emanaba de mi nueva naturaleza conseguía que las mujeres me deseasen aún más que antes.
Por otro lado los caballeros estaban a punto de convulsionar por la envidia que tenían que soportar. Querían mi riqueza, ansiaban mi fama, necesitaban aquella atracción animal que tan solo yo era capaz de causar en cualquiera mujer.
Reí en mi interior en el mismo instante que llegaba a los últimos tres peldaños. Comenzaban a abrir un pasillo para que pudiese pasear por la estancia pero los más curiosos se agolpaban en aquellas barreras que creaban ellos mismos.
Iba a dar mi paseo triunfal por la sala cuando las trompetas indicaron la llegada de la familia Real. Me quedé en el último escalón mientras alzaba la mirada hasta aquella puerta que solo algunos privilegiados podían cruzar. El hombre rechoncho, que había visto unos minutos antes, apareció junto a la baranda y respirando profundamente anunció:
- Sus altezas reales, Clément I de Cronsworld y Elizabeth II.
Me fijé en ellos como todos los asistentes. El rey al fin estaba ante mis ojos y no solamente en retratos en todos los lugares de aquel pequeño lugar. Sus rasgos indicaban superioridad frente a todos los asistentes mientras sus ojos mostraban lo que realmente sentía, puro desprecio por cada persona que estaba ante él. Sus ropajes, que habían sido pagados con el dinero de los súbditos que tanto odiaba, eran de una calidad exquisita aunque a pesar de todo a mí me parecía un pavo real. Toda su ropa le quedaba demasiado estrecha pues en el poder había conseguido engordar no menos de diez kilos en comparación a los cuadros que de él se exponen en todos los lugares. Ahora tiene una papada que consigue ahogarle un poco en aquel cuello de gasa y las pantorrillas suenan al rozases mientras baja los escalones. Podría fingir que era el vestido de su esposa pero alguien con un buen oído sabría diferenciar aquella fricción del sonido pesado de las telas de las faldas.
De su mano, alzada hacia delante en una posición un tanto antinatural, estaba la hermosa reina Elizabeth. Sus rasgos indicaban cansancio y agotamiento. De todos es sabido que la reina lleva mucho tiempo con problemas de salud pero al ser el rey tan odiosamente egoísta la lleva a todas partes para evitar murmullos que aunque él crea que son sobre la buena pareja que aún pasados los años siguen haciendo, en realidad, piensan en el mal aspecto que tiene la hermosa mujer y de como se ha deteriorado tras su último parto.  Sus cabellos claros estaban recogidos en un moño que enmarcaba la tiara que debía usar para estos bailes, elegante pero discreta. Su vestido era de un tono sobrio, una tonalidad de gris que no sabría muy bien como definir, y que marcaba lo menos posibles las curvas de su majestad.
Tras unos instantes de silencio, la pareja caminó hasta su lugar sin bajar las escaleras hasta el final pues había unas mucho más elegantes cerca de sus asientos para que solo ellos las pisasen. Fruncí mis labios molesto pues siempre conseguían que los demás quedásemos como escoria.
Intenté serenarme por lo que pensé que debería salir a tomar aire freso pero en ese mismo momento, el rey hizo un movimiento con la mano hacia el hombre gordito que estaba aún en su lugar cerca de la barandilla del pequeño balcón.
- ¡Atención! Les presento, damas y caballeros, a su alteza, la joven, Helen Devonshire.

Capítulo 9

El traje me quedaba como un guante. El negro intenso y mate que me hacía lucir más elegante.
El reloj de la estancia marcó la hora indicada.  Enfundé mis manos en unos guantes elegantes, tomé mi bastón de madera de caoba y salí de mi habitación.
Recorrí el pasillo hasta la escalera mientras la alfombra amortiguaba los golpes del bastón contra el suelo y mis pasos.
Deslicé la borla del bastón por la palma de mi mano mientras mis criados vestidos con sus mejores galas me observaban bajar cada uno de los escalones de aquel palacio. Así era. Un inmenso edificio tan solo para mí.
- Que tenga una buena velada, señor Byron -dijeron todos al unísono mientras se inclinaban ante mí, su patrón, su dueño.
Clive me abrió la puerta y salí de mi hogar. El carruaje estaba justo en la puerta. Cuatro espléndidos pura sangre negros, domesticados y perfectamente alineados. Sus correas del más resistente de los cueros rodeaban sus cuerpos y como adorno unos remates plateados que brillaban a la luz del crepúsculo.  El viejo cochero, con su chistera perfectamente puesta y erguido en una posición que parecía infinitamente difícil de mantener, esperaba que entrase para así dar la orden a las bestias de caminar.
Mi mayordomo se adelantó para hacerme posible el acceso al habitáculo donde viajaría escondido de miradas curiosas. Con ayuda de las escaleras entré y cerraron la portezuela una vez me hube acomodado en mi lugar. Dos golpes sordos contra las paredes del carruaje, un latigazo y estuvimos en marcha.
Cronsworld parecía mucho más tranquilo de noche ahora que el rumor de las criaturas chupadoras de vida se había extendido. Pocas fiestas se celebraban y las reuniones eran dentro de los hogares. A pesar de todo había valientes, que aunque borrachos, danzaban por la calle gritando a ese ser demoníaco que se acercase a ellos y luchasen cuerpo a cuerpo. Estupidez considerable pues si lo hubiese deseado habría roto su cuello antes de que pronunciase si tan siquiera una sílaba.
Tomé el extremo de la cortina aterciopelada que cubría la ventana para que no se viese el interior del carromato y observé como varias personas con las mejores galas que poseían iban caminando hasta el palacio real. Hombres irguiéndose por primera vez en su vida mientras llevaban a la mujer más linda que habían podido encontrar entre sus posibilidades como pareja para aquel esperado día.
Las prostitutas también se habían vestido de la manera más discreta que conocían y esperaban esperanzadas que algún hombre sin pareja fuese tan amable de llevarlas agarradas de su brazo como todas unas señoritas.
Una joven conocida se acercó y miró esperanzada aquel carruaje por si tenía compañía. Sonreí y asentí, mintiéndola. Si iba con alguna de esas mujeres tan solo haría el ridículo.
Volví a dejar la cortina en su lugar y cerré los ojos mientras visualizaba mi momento.
En apenas diez minutos ya no escuchaba el ruido de los cascos de mis pura sangre. Escuché un golpe seco contra la grava que estaba sobre el suelo y como los pasos del viejo conductor se acercaban hasta la portezuela. Un chirrido me hizo saber que la había abierto por lo que sin decir nada salí del habitáculo comenzando a caminar sin mirar atrás, con la cabeza alta y mi bastón apretado entre mis dedos, por las pequeñas piedrecitas que precedían a los escalones que llevaban hasta la puerta principal del palacio.
Los soldados estaban situados a cada lado de las puertas abiertas de par en par para poner un poco de orden. El gentío se agolpaba como si se tratase de una manada para ser los primeros en entrar y contemplar a las personas que más admiraban o que más envidiaban.
Subimos las escaleras despacio pues teníamos que ser divididos por nuestra clase social para entrar en el gran salón de dos maneras diferentes. Las clases bajas irían directamente a las pistas de baile mientras que los adinerados subían más peldaños para situarse en la parte alta no sabía muy bien porqué razón pero ya lo descubriría.
Cuando llegué hasta el cerco de la puerta me fijé en el trato que le daban a la pareja que estaba delante de mí.
Un hombre, tan serio que parecía enfadado, miraba a todos los presentes como si fuesen personas grises que ninguna se diferenciase de la otra. Alzaba su mano y pedía las invitaciones para comprobar donde debía mandar a cada persona.
- Diríjanse hasta la puerta abierta que encuentren por ese pasillo -dijo en un tono seco y esperó que se moviesen.
Los jóvenes alegres y sin percatarse de los modales tan rudos de aquel hombre, comenzaron a reír y caminaron casi corriendo hasta el lugar que les había indicado.
Le mostré rápidamente a aquel hombre mi invitación y sus ojos cambiaron rápidamente al igual que su expresión. Sabía que debía ser el hombre más importante que pisaría ese lugar. Los títulos y el dinero que me habían sido otorgados hacía unos días tras haber sido descubierto el cadáver de mi predecesor en su despacho.
- Suba por la escalera hasta la parte alta, señor -me explicó e hizo una reverencia.
Sin responder subí los escalones sin prisas. Era el último que subiría por aquellos peldaños pues normalmente se llegaba temprano al baile pero yo al haber hecho cola las horas habían transcurrido lentas y pesadas.
La alfombra roja de terciopelo hacía que mis zapatos  negros brillantes resaltasen aún más.
Llegué a la parte más alta donde un hombre rechoncho, vestido de la misma manera que el que me había recibido salvo que los botones estaban a punto de reventar si respiraba un poco más de lo necesario.
- ¿Su nombre, señor? -preguntó con una voz grave pero era difícil entenderle pues parecía tener la boca llena de patatas.
Le contesté y asombrado me hizo una reverencia. Se acercó al megáfono y dijo con un grave grito.
- Lord Byron -me anunció.