Aquella maravillosa cabellera dorada brillaba ante el sol de una manera que parecía imposible. Sus labios rosados se curvaban en una sonrisa por la suavidad de la seda que tenía entre sus dedos. Suspiré y me quedé completamente embelesado mirándola. Su belleza era aún mayor de la que recordaba.
- Señorita, ¿se llevará ese lazo? -preguntó el tendero.
- Sí, por favor, ¿podría darme lo suficiente para dos cinturillas?
- Por supuesto.
Miré mis ropas. No podía presentarme ante una damisela con semejante atuendo. Era nada más que el campesino a sueldo de dos ancianos campesinos. Era de la subclase más pobre dentro de las clases más bajas.
Fruncí mi ceño ante mi desdicha. No podría cumplir mi sueño al menos en ese momento aunque si usase mis poderes de vampiro podría alejarla de todo el mundo, llevarla a un lugar lejano y mostrarle los placeres prohibidos de la carne.
Sus cabellos se movieron para girar su rostro hacia una de las damas que la acompañaban. Mi envidia en ese momento.
Mordí mi labio inferior contemplando como sus pechos ligeramente visibles por el escote se movían al igual que su cuerpo. ¡Oh, maldita necesidad! Ella era la razón de mi locura.
Miré como los hombres se agolpaban a mi alrededor contemplando a todas las mujeres que allí estaban. Todos embelesados por la belleza de alguna pero la mayoría contemplaba nada más que a la joven delicia que era mi fruto prohibido.
Escuché muchos cuchicheos y uno de ellos que realmente me interesó. Agudicé un poco el oído pues me era difícil escuchar tantos pensamientos juntos y a la vez.
- ¿Quién es ella? -preguntó un joven.
- ¿Quién de todas? -respondió su amigo.
- La joven rubia con el vestido azul.
- ¿No la conoces?
- ¿Por qué crees que pregunto? Anda, díme.
- Es Helen Devonshire. Es la princesa mayor del reino -susurró.
¡Princesa! Me quedé estupefacto. ¿Cómo podía haber pensado ni tan siquiera en tocarla cuando era un simple humano? Hubiese muerto inmediatamente. Ahora entendía porque parecía tan inmaculada. Era cierto que jamás nadie se había posado sobre ella. Su castidad era la seguridad de un nuevo reino al que unirse o aspirar que los descendientes gobernasen algo más que Cronsworld.
¿Cómo podía ser posible que aún por el peligro que eso ocasionaba me atrajese aún más la idea de poseerla?
Decidí desaparecer de allí. Tenía que pensar ahora mejor que antes como lograría estar a su altura pero además de eso debía buscar el medicamento por el que había ido a la capital.
Paseé entre la multitud que se agolpaban para ver a la joven princesa comprar y entré en la farmacia. Ni tan siquiera tuve que decir nada pues el boticario sabía cual era el pedido. Le entregué la moneda que me quedaba y salí de nuevo de la farmacia.
Miré a mi alrededor y fue en ese momento cuando creció en mí la ira animal.
Un hombre alto, vestido elegantemente y paseando con un bastón que apoyaba en el suelo de manera que eso le otorgaba mayor porte y clase, se dirigía hasta donde estaba la princesa.
- Buenos días, Helen -sonrió con suficiencia mirando a la joven como si fuese alguien inferior a ella y fácil de conseguir.
- Buenos días, duque Steven -le devolvió la sonrisa ella.
- ¿Cómo está, a parte de cada día más hermosa?
Tomó su delicada mano y depositó en ella un beso. Gruñí internamente. La estaba manchando con un estúpido beso. Ella era inmaculada y él la veía también como objeto de deseo. Por mucho que él lo desease sabía que Helen sería mía antes que suya. Si después deseaba desposarse con ella para el resto de sus miserables vidas, me era completamente indiferente.
- Muy bien, duque. ¿Y usted? -preguntó con amabilidad mientras intentaba deshacerse de la prisión de los dedos del rufián.
- De maravilla contemplando su belleza -respondió.
- Estúpido -dije en una voz quizá demasiado alta.
Todos se giraron para mirarme y rodé los ojos sin importarme su sorpresa.
- ¿Disculpe? -aquel hombre bien vestido se dirigía hacia mí-. ¿Qué ha dicho?
- He dicho, estúpido -contesté sin problema alguno.
- ¿Perdón? -volvió a preguntar.
- ¿Es usted sordo? He dicho es-tú-pi-do -dije la palabra lentamente para que así no tuviese que volver a repetirla.
- ¿Qué le resulta tan estúpido?
- Usted -respondí altanero- Es obvio que le interesa la señorita pero coquetea con ella como un pavo real.
- ¿Coqueteo?
No pude evitarlo y exploté en carcajadas mirándole. Sus cejas se curvaron mirándome con odio lo cuál me hizo ponerme aún más altanero si podía.
- Tanto dinero y tan poca cultura. ¿No sabe que es coquetear? Pues así es, coquetea con la damisela pero es más que obvio que para ella sus intentos de seducción le son completamente indiferentes -volví a reír-. ¿No ve como pretende librarse de usted como si su tacto la ardiese o le produjese malestar? Bien es cierto que si el tacto de un hombre quema a la mujer puede ser por amor y pura pasión pero en este caso es completamente distinto pues intenta evitarlo y no mantiene su mano agarrada para no separarla -razoné.
La joven me miró sorprendida y con un gesto de desaprobación en su mirada, tomó lo que había comprado y rápidamente se marchó de aquel lugar. Aquella escena la había abochornado pero yo estaba tan sumamente divertido que no me importó ni lo más mínimo.
- Así que un… campesino de cuarta viene a darme clases de cortejo -rió sonoramente acercándose a mí-. ¿Qué mujeres son las que no se han resistido a sus encantos, mozo? ¿Las cerditas o las ovejitas? -volvió a reír y puso la borla de su bastón sobre la nuez de mi garganta-. No vuelva a dirigirme la palabra si no desea que yo mismo acabe con su vida.
Sin más se fue y en ese instante por haber sido humillado por él, el odio se hizo patente en mi interior. Me vengaría de eso me costase lo que me costase.
jueves, 23 de febrero de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
Capítulo 5.
Cronsworld, 1835 tres años más tarde.
Abrí los ojos mientras el sonido de los cascos golpeaba contra mis oídos. Sonreí. Ya era de día. Un nuevo día. Había pasado otra noche más rememorando aquellos ojos azules que a pesar del tiempo seguían perforando mi mente a cada segundo.
No sabía quien era ni como podría acercarme a ella. La seguridad del palacio real se había doblado desde que el rey había sido amenazado de muerte. Estúpido monarca. Debían haberle matado y no solo amenazado.
Me incorporé y miré por la ventana del establo en el que estaba. Era pobre y trabajaba para un grupo de ancianos campesinos. No pagaban muy bien pero algo es algo y eran los únicos humanos que sabía no mataría por tener mi alimento. La sangre en los cuerpos envejecidos no tenía ninguna gracia para mí pero mi apetito sexual no había disminuido en absoluto sino que había aumentado. Había descubierto nuevas formas de alcanzar aquel placer divino.
Salí del establo y miré a mi alrededor. En esos instantes un caballo pasaba por las callejuelas de aquel pueblo desconocido para la mayoría de los habitantes de la capital.
El caballo al igual que el resto de los campesinos se acercaban a la plaza donde estaba construida una fuente. A la que iban todos los días para llenar sus cubos de agua y poder regar sus cosechas.
Pasé al lado de unas jovencitas que me sonrieron seductoras. Hice lo propio y contemplé sus pequeños senos que dejaban entreverse por sus desgastados corsés. Reí para mí mismo y les dediqué la sonrisa más seductora que jamás hubiesen visto.
Sus corazones se aceleraron al igual que sus pulsos y fui capaz de escuchar suspiros muy claros saliendo de sus bocas. Quizá visitaría a alguna de esas damiselas esa misma noche.
Continué mi camino hasta llegar donde el gentío se había agolpado. Parecía que todos esperaban algo y efectivamente así era. El jinete que antes había visto era el pregonero real. Todos estaban interesados en saber cual sería la noticia o nueva ley que su rey había impuesto.
Leí la mente de todos los presentes. La situación era más que estúpida. Todos estaban emocionados tan solo por la novedad. Tendrían tema de diálogo en el pueblo durante semanas solo porque alguien más rico, más poderoso y mejor vestido había estado por allí.
Supe rápidamente que el aviso era de un baile. Todas las mujeres hablarían de ello cuanto pudiesen ilusionadas porque alguno de los príncipes se fijase en ellas. Ridículo. La mayoría de ellos estarían prometidos ya con las doncellas de otras cortes o incluso con otras princesas de otros reinos.
Me giré y con las mismas volví hasta los campos de tomates que debía recoger. Sabía que aquella podría ser la oportunidad perfecta de ver a la joven que mis entrañas deseaban pero sabía que la realeza estaría en una habitación dentro del castillo y los pueblerinos estarían en medio de la capital danzando por las calles. Jamás mezclarían a la plebe con ellos.
Me dediqué a recoger los tomates durante unas cuantas horas hasta que el George Harfley, dueño de esas tierras durante más de cincuenta años, salió de la casa y se dirigió hasta donde me encontraba.
- ¡Muchacho! -gritó con su voz gangosa mientras carraspeaba-. Necesitamos que vayas a comprar los medicamentos de Sophie a la capital. El boticario está enfermo y no nos pudo traer lo que le habíamos pedido.
- Claro -asentí-. Lo de la última vez, ¿cierto?
- Así es muchacho – tomó mi mano y colocó dos monedas de oro sobre ella- No tardes.
Caminé hacia la puerta. Ellos pensaban que iría en el único carruaje que llevaba hasta la capital pero en su lugar aprovecharía mis habilidades para llegar cuanto antes y quedarme unas horas paseando por la ciudad. El ambiente siempre era distinto.
Una vez que nadie me veía, sonreí y comencé mi carrera. Todo a mi alrededor se volvía un borrón. No era capaz de distinguir que era una roca de un árbol si no fuese por su tonalidad. Por suerte nadie tenía la habilidad de verme. Era demasiado rápido para el ojo humano.
En escasos minutos estuve en la puerta de la muralla. No dejaban entrar si no tenías pase por lo que escalé hábilmente el muro y me dejé caer detrás de una casa para que así nadie pudiese verme cuando recuperase la velocidad “normal”.
Reí ante lo absurdo de aquella vigilancia pues los seres realmente peligrosos podrían estar sin problema entre ellos en un abrir y cerrar de ojos sin necesidad de pasar por aquellas enormes puertas de hierro y llevar un pase.
Caminé por las callejuelas hacia donde sabía que estaba la farmacia. El boticario real era el único que tenía todos los remedios pues compraba al por mayor las plantas medicinales dejando al resto de boticarios que dependiesen de la capital del reino.
Fruncí mi ceño cuando miles de pensamientos con el baile como idea común se juntaron en mi mente. Bramé. No había perfeccionado aún la técnica para aislar tanto cacareo y poder pensar yo solo con completa tranquilidad.
Tomé la calle principal al fin y proseguí mi paseo por el suelo empedrado hasta que llegué al zoco. En el zoco estaban las últimas novedades y los tenderos ponían allí sus pequeños e improvisados tenderetes, si eran nómadas o abrían las puertas de sus establecimientos para que todo el que pudiese pasase a su tienda a comprar lo último que habían adquirido.
Llevaba bastante sin tomar aire. Sabía que no podría controlarme entre aquella multitud pero por suerte no era necesario que respirase como cuando era humano.
El dinero que llevaba era demasiado para tan solo la medicación por lo que usaría el dinero de los viajes de ida y vuelta en comprar algo si era de mi agrado.
Entré dentro de una librería. El hombre que estaba tras el mostrador me miraba con sus cejas alzadas tras las gafas de culo de vaso que estaban posicionadas sobre las aletas de su nariz.
Incliné mi cabeza en forma de saludo y me dirigí hacia la parte posterior de la librería. Si tenían alguno que me interesase sería en esa parte ya que pocos inspeccionaban esa sección al tratarse de seres mitológicos.
Algunos de aquellos tomos llevaban décadas sin ser usados pues tenían una inmensa capa de polvo.
Tomé uno de aquellos libros y pasé mi dedo índice por su lomo. Una V roja como la sangre estaba perfectamente dibujada sobre la piel de la encuadernación. Apreté mis labios y ojeé curioso sus páginas. En ellas dibujos de hombres con colmillos prominentes, con los ojos rojos como el fuego estaban impresos. ¿Me serviría para descubrí más cosas acerca de mi naturaleza? Sin pensarlo mucho me dirigí hacia el tendero y le pagué el libro.
No medié palabra. Salí de allí y caminé hasta la farmacia. Un montón de sonidos de faldas me indicó que las tiendas de telas estaban próximas. Miré hacia delante y me quedé completamente perplejo. ¿Estaba soñando a pesar de no poder dormir?
Abrí los ojos mientras el sonido de los cascos golpeaba contra mis oídos. Sonreí. Ya era de día. Un nuevo día. Había pasado otra noche más rememorando aquellos ojos azules que a pesar del tiempo seguían perforando mi mente a cada segundo.
No sabía quien era ni como podría acercarme a ella. La seguridad del palacio real se había doblado desde que el rey había sido amenazado de muerte. Estúpido monarca. Debían haberle matado y no solo amenazado.
Me incorporé y miré por la ventana del establo en el que estaba. Era pobre y trabajaba para un grupo de ancianos campesinos. No pagaban muy bien pero algo es algo y eran los únicos humanos que sabía no mataría por tener mi alimento. La sangre en los cuerpos envejecidos no tenía ninguna gracia para mí pero mi apetito sexual no había disminuido en absoluto sino que había aumentado. Había descubierto nuevas formas de alcanzar aquel placer divino.
Salí del establo y miré a mi alrededor. En esos instantes un caballo pasaba por las callejuelas de aquel pueblo desconocido para la mayoría de los habitantes de la capital.
El caballo al igual que el resto de los campesinos se acercaban a la plaza donde estaba construida una fuente. A la que iban todos los días para llenar sus cubos de agua y poder regar sus cosechas.
Pasé al lado de unas jovencitas que me sonrieron seductoras. Hice lo propio y contemplé sus pequeños senos que dejaban entreverse por sus desgastados corsés. Reí para mí mismo y les dediqué la sonrisa más seductora que jamás hubiesen visto.
Sus corazones se aceleraron al igual que sus pulsos y fui capaz de escuchar suspiros muy claros saliendo de sus bocas. Quizá visitaría a alguna de esas damiselas esa misma noche.
Continué mi camino hasta llegar donde el gentío se había agolpado. Parecía que todos esperaban algo y efectivamente así era. El jinete que antes había visto era el pregonero real. Todos estaban interesados en saber cual sería la noticia o nueva ley que su rey había impuesto.
Leí la mente de todos los presentes. La situación era más que estúpida. Todos estaban emocionados tan solo por la novedad. Tendrían tema de diálogo en el pueblo durante semanas solo porque alguien más rico, más poderoso y mejor vestido había estado por allí.
Supe rápidamente que el aviso era de un baile. Todas las mujeres hablarían de ello cuanto pudiesen ilusionadas porque alguno de los príncipes se fijase en ellas. Ridículo. La mayoría de ellos estarían prometidos ya con las doncellas de otras cortes o incluso con otras princesas de otros reinos.
Me giré y con las mismas volví hasta los campos de tomates que debía recoger. Sabía que aquella podría ser la oportunidad perfecta de ver a la joven que mis entrañas deseaban pero sabía que la realeza estaría en una habitación dentro del castillo y los pueblerinos estarían en medio de la capital danzando por las calles. Jamás mezclarían a la plebe con ellos.
Me dediqué a recoger los tomates durante unas cuantas horas hasta que el George Harfley, dueño de esas tierras durante más de cincuenta años, salió de la casa y se dirigió hasta donde me encontraba.
- ¡Muchacho! -gritó con su voz gangosa mientras carraspeaba-. Necesitamos que vayas a comprar los medicamentos de Sophie a la capital. El boticario está enfermo y no nos pudo traer lo que le habíamos pedido.
- Claro -asentí-. Lo de la última vez, ¿cierto?
- Así es muchacho – tomó mi mano y colocó dos monedas de oro sobre ella- No tardes.
Caminé hacia la puerta. Ellos pensaban que iría en el único carruaje que llevaba hasta la capital pero en su lugar aprovecharía mis habilidades para llegar cuanto antes y quedarme unas horas paseando por la ciudad. El ambiente siempre era distinto.
Una vez que nadie me veía, sonreí y comencé mi carrera. Todo a mi alrededor se volvía un borrón. No era capaz de distinguir que era una roca de un árbol si no fuese por su tonalidad. Por suerte nadie tenía la habilidad de verme. Era demasiado rápido para el ojo humano.
En escasos minutos estuve en la puerta de la muralla. No dejaban entrar si no tenías pase por lo que escalé hábilmente el muro y me dejé caer detrás de una casa para que así nadie pudiese verme cuando recuperase la velocidad “normal”.
Reí ante lo absurdo de aquella vigilancia pues los seres realmente peligrosos podrían estar sin problema entre ellos en un abrir y cerrar de ojos sin necesidad de pasar por aquellas enormes puertas de hierro y llevar un pase.
Caminé por las callejuelas hacia donde sabía que estaba la farmacia. El boticario real era el único que tenía todos los remedios pues compraba al por mayor las plantas medicinales dejando al resto de boticarios que dependiesen de la capital del reino.
Fruncí mi ceño cuando miles de pensamientos con el baile como idea común se juntaron en mi mente. Bramé. No había perfeccionado aún la técnica para aislar tanto cacareo y poder pensar yo solo con completa tranquilidad.
Tomé la calle principal al fin y proseguí mi paseo por el suelo empedrado hasta que llegué al zoco. En el zoco estaban las últimas novedades y los tenderos ponían allí sus pequeños e improvisados tenderetes, si eran nómadas o abrían las puertas de sus establecimientos para que todo el que pudiese pasase a su tienda a comprar lo último que habían adquirido.
Llevaba bastante sin tomar aire. Sabía que no podría controlarme entre aquella multitud pero por suerte no era necesario que respirase como cuando era humano.
El dinero que llevaba era demasiado para tan solo la medicación por lo que usaría el dinero de los viajes de ida y vuelta en comprar algo si era de mi agrado.
Entré dentro de una librería. El hombre que estaba tras el mostrador me miraba con sus cejas alzadas tras las gafas de culo de vaso que estaban posicionadas sobre las aletas de su nariz.
Incliné mi cabeza en forma de saludo y me dirigí hacia la parte posterior de la librería. Si tenían alguno que me interesase sería en esa parte ya que pocos inspeccionaban esa sección al tratarse de seres mitológicos.
Algunos de aquellos tomos llevaban décadas sin ser usados pues tenían una inmensa capa de polvo.
Tomé uno de aquellos libros y pasé mi dedo índice por su lomo. Una V roja como la sangre estaba perfectamente dibujada sobre la piel de la encuadernación. Apreté mis labios y ojeé curioso sus páginas. En ellas dibujos de hombres con colmillos prominentes, con los ojos rojos como el fuego estaban impresos. ¿Me serviría para descubrí más cosas acerca de mi naturaleza? Sin pensarlo mucho me dirigí hacia el tendero y le pagué el libro.
No medié palabra. Salí de allí y caminé hasta la farmacia. Un montón de sonidos de faldas me indicó que las tiendas de telas estaban próximas. Miré hacia delante y me quedé completamente perplejo. ¿Estaba soñando a pesar de no poder dormir?
martes, 21 de febrero de 2012
Capítulo 4.
Los sonidos volvieron a llegar a mis oídos. No eran nítidos. Parecía que los estaba escuchando a través de una gran pared.
Envié a mi cerebro la señal de abrir los ojos pero estos no me respondían. Todo mi cuerpo parecía frío y rígido.
Poco a poco mi oído se fue agudizando y fui capaz de escuchar las voces femeninas que estaban a mi alrededor.
- Está muy caliente su frente aún, no baja de los cuarenta de fiebre -susurró una voz.
- ¿Cómo puede seguir vivo después de tantas horas? -preguntó otra.
- No lo sé, pero haremos todo lo que podamos porque se cure.
¿Cuarenta de fiebre? ¿Cómo era posible si yo notaba mi cuerpo gélido? Aquello era extraño pero quizá la fiebre me estaba haciendo delirar y no era capaz de distinguir entre el frío y el calor.
Noté como unos pequeños y arrugados dedos me tomaban el pulso. Durante unos instantes no dijo nada pero después su voz resonó en mi cabeza.
- Su corazón no palpita.
Comenzaron a hacerme la reanimación presionando mi pecho cuando noté un intenso dolor. Chillé pero dentro de mi cabeza ya que mi boca no se abría. Pude escuchar como con cada opresión rompían mis costillas una y otra vez. ¿No se daban cuenta de la fuerza que ejercían?
Cada uno de mis huesos cedió con una velocidad pasmosa. Fue el desencadenante que después notase como mi pelvis se rompía y tras ellas mis fémures.
El dolor era inconcebible. Seguía consciente como en una completa y compleja tortura.
Llegó a tal el dolor que volví a desmayarme pero precisamente por ese mismo dolor volvía a recobrar la consciencia. Durante varias horas permanecí en ese macabro juego aunque a mí me parecieron días.
Agonizante noté como mi cuerpo volvía a reconstruirse. Mis huesos se soldaban en escasos minutos y volvía a recuperar todos mis sentidos.
Abrí los ojos y la luz me cegó. ¿Cuantos días habrían pasado desde que había llegado a donde quiera que estuviese?
- ¡Se ha despertado!
Giré mi rostro hacia donde había escuchado aquella voz. Fruncí mi ceño y mis labios. Un intenso aroma, como una mezcla de sabores, me llegó a la pituitaria con intensidad. Sentí como mi boca se llenaba de un líquido amargo y como mis colmillos comenzaron a crecer.
Apreté mis manos y con una velocidad asombrosa me puse de cunclillas sobre la cama. De mi boca no salió nada más que un intenso gruñido.
- ¡Mirad sus ojos! -gritó una de las monjas que allí estaban.
- ¡Es la encarnación del diablo! -gritó otra.
No entendía porqué pero aquello me resultaba divertido. Pasé mi lengua entre mis colmillos y mi sonrisa se hizo más amplia al notar lo afilados que estaban. Tenía una intensa sed. Sí, estaba descubriendo que sed de la sangre de todos los allí presentes. No comprendía aquel apetito tan extraño pero no me paré mucho más tiempo a pensarlo. Cómo un animal interno tomó el mando de mis sentidos.
Mi mente calculó rápidamente todos los que estaban en aquella estancia. Cuales eran los que tenían oportunidad de escaparse para que así fuesen los primeros que atacase.
Gruñí y me abalancé sobre la primera mujer más joven y mucho más hermosa que todas las que allí estaban. Su sangre sería la más dulce y apetitosa. Rompí su cuello para evitar que se fuese y hundí mis colmillos en su yugular. ¡Oh, dulce manjar prohibido! Aquello me resultaba por un instante repugnante pero cuando aquel líquido rojo descendió por mi garganta solo pude gruñir de satisfacción.
Deliciosa era poco. ¿Cómo no se me había ocurrido antes probar semejante delicatesen?
Arrojé el cuerpo sin vida de aquella mujer a un extremo y lamí mis labios cubiertos por su sangre. No deseaba que se derramase ni una sola gota. Aquel líquido había sido hecho para mí. Disfrutarlo debía ser solo mi delicia.
Corrí hasta mi siguiente víctima. Sabía que no sería tan exquisita como la anterior pero mi sed se había hecho aún más pronunciada. ¿Podía ese néctar crear adicción? Ahora entendía porque la Iglesia lo calificaba de pecado y rito satánico el beber la sangre de otro ser humano. Era algo tan inexplicable que no todos podían hacerlo o contemplarían como hasta ellos mismos podían ser más fuertes que el más fuerte de los hombres.
Bendita naturaleza. Clavé nuevamente mis colmillos sobre el cuello de esa nueva presa y evité que forcejeara con tan solo tomar sus hombros con fuerza. Gritaba bajo mi boca y yo sonreía con malicia pues me encantaba la falta de oposición que me ponían. La fuerza que tenían era tan débil que me parecían sus manotazos más una caricia que un golpe.
- ¡Adorador del diablo! -gritaron otras mujeres mientras corrían por el convento.
Algunas blandieron sus rosarios y otras se dedicaron a lanzarme agua bendita lo que me divertía aún más.
Cuando ya me noté satisfecho decidí terminar con la vida de todos los testigos. Limpié mis manos llenas de aquel líquido rojo con el agua bendita y salí por uno de los ventanales intentando descubrir mis nuevas habilidades mientras serenaba aquella ira animal.
Respiré profundamente cuando a mi alrededor tan solo existían árboles que las monjas habían plantado junto a las semillas que habían dado ya sus frutos.
Debía pensar fríamente. Podía haber tenido hambre pero no era la misma sensación. Podía haber tenido sed de agua pero no tenía nada que ver aquella sed con la que hacía unos momentos había saciado. Mi garganta había ardido y un líquido amargo que no era saliva había llenado mi boca tan solo unos segundos antes.
Había escuchado sin problema los latidos de sus corazones como si hubiese estado sobre su pecho. Había podido percibir como cambiaban de un ritmo lento a uno rápido.
Habían hablado de mis ojos. ¿Mis ojos podían ser tan aterradores como ellas decían? Me giré sobre mí mismo y me vi reflejado en la ventana. Mis ojos eran del mismo tono azul que habían sido siempre. No les veía nada extraño.
Miré mi piel. Esa si era diferente. Ahora era tan blanco como la nieve. Mi tono había sido más bien tostado pero en su lugar era igual que una aparición. Aquello podía deberse simplemente a los días que había estado enfermo. Pero era más que obvio que algo había cambiado en mí y tenía que averiguar en qué me había convertido.
Envié a mi cerebro la señal de abrir los ojos pero estos no me respondían. Todo mi cuerpo parecía frío y rígido.
Poco a poco mi oído se fue agudizando y fui capaz de escuchar las voces femeninas que estaban a mi alrededor.
- Está muy caliente su frente aún, no baja de los cuarenta de fiebre -susurró una voz.
- ¿Cómo puede seguir vivo después de tantas horas? -preguntó otra.
- No lo sé, pero haremos todo lo que podamos porque se cure.
¿Cuarenta de fiebre? ¿Cómo era posible si yo notaba mi cuerpo gélido? Aquello era extraño pero quizá la fiebre me estaba haciendo delirar y no era capaz de distinguir entre el frío y el calor.
Noté como unos pequeños y arrugados dedos me tomaban el pulso. Durante unos instantes no dijo nada pero después su voz resonó en mi cabeza.
- Su corazón no palpita.
Comenzaron a hacerme la reanimación presionando mi pecho cuando noté un intenso dolor. Chillé pero dentro de mi cabeza ya que mi boca no se abría. Pude escuchar como con cada opresión rompían mis costillas una y otra vez. ¿No se daban cuenta de la fuerza que ejercían?
Cada uno de mis huesos cedió con una velocidad pasmosa. Fue el desencadenante que después notase como mi pelvis se rompía y tras ellas mis fémures.
El dolor era inconcebible. Seguía consciente como en una completa y compleja tortura.
Llegó a tal el dolor que volví a desmayarme pero precisamente por ese mismo dolor volvía a recobrar la consciencia. Durante varias horas permanecí en ese macabro juego aunque a mí me parecieron días.
Agonizante noté como mi cuerpo volvía a reconstruirse. Mis huesos se soldaban en escasos minutos y volvía a recuperar todos mis sentidos.
Abrí los ojos y la luz me cegó. ¿Cuantos días habrían pasado desde que había llegado a donde quiera que estuviese?
- ¡Se ha despertado!
Giré mi rostro hacia donde había escuchado aquella voz. Fruncí mi ceño y mis labios. Un intenso aroma, como una mezcla de sabores, me llegó a la pituitaria con intensidad. Sentí como mi boca se llenaba de un líquido amargo y como mis colmillos comenzaron a crecer.
Apreté mis manos y con una velocidad asombrosa me puse de cunclillas sobre la cama. De mi boca no salió nada más que un intenso gruñido.
- ¡Mirad sus ojos! -gritó una de las monjas que allí estaban.
- ¡Es la encarnación del diablo! -gritó otra.
No entendía porqué pero aquello me resultaba divertido. Pasé mi lengua entre mis colmillos y mi sonrisa se hizo más amplia al notar lo afilados que estaban. Tenía una intensa sed. Sí, estaba descubriendo que sed de la sangre de todos los allí presentes. No comprendía aquel apetito tan extraño pero no me paré mucho más tiempo a pensarlo. Cómo un animal interno tomó el mando de mis sentidos.
Mi mente calculó rápidamente todos los que estaban en aquella estancia. Cuales eran los que tenían oportunidad de escaparse para que así fuesen los primeros que atacase.
Gruñí y me abalancé sobre la primera mujer más joven y mucho más hermosa que todas las que allí estaban. Su sangre sería la más dulce y apetitosa. Rompí su cuello para evitar que se fuese y hundí mis colmillos en su yugular. ¡Oh, dulce manjar prohibido! Aquello me resultaba por un instante repugnante pero cuando aquel líquido rojo descendió por mi garganta solo pude gruñir de satisfacción.
Deliciosa era poco. ¿Cómo no se me había ocurrido antes probar semejante delicatesen?
Arrojé el cuerpo sin vida de aquella mujer a un extremo y lamí mis labios cubiertos por su sangre. No deseaba que se derramase ni una sola gota. Aquel líquido había sido hecho para mí. Disfrutarlo debía ser solo mi delicia.
Corrí hasta mi siguiente víctima. Sabía que no sería tan exquisita como la anterior pero mi sed se había hecho aún más pronunciada. ¿Podía ese néctar crear adicción? Ahora entendía porque la Iglesia lo calificaba de pecado y rito satánico el beber la sangre de otro ser humano. Era algo tan inexplicable que no todos podían hacerlo o contemplarían como hasta ellos mismos podían ser más fuertes que el más fuerte de los hombres.
Bendita naturaleza. Clavé nuevamente mis colmillos sobre el cuello de esa nueva presa y evité que forcejeara con tan solo tomar sus hombros con fuerza. Gritaba bajo mi boca y yo sonreía con malicia pues me encantaba la falta de oposición que me ponían. La fuerza que tenían era tan débil que me parecían sus manotazos más una caricia que un golpe.
- ¡Adorador del diablo! -gritaron otras mujeres mientras corrían por el convento.
Algunas blandieron sus rosarios y otras se dedicaron a lanzarme agua bendita lo que me divertía aún más.
Cuando ya me noté satisfecho decidí terminar con la vida de todos los testigos. Limpié mis manos llenas de aquel líquido rojo con el agua bendita y salí por uno de los ventanales intentando descubrir mis nuevas habilidades mientras serenaba aquella ira animal.
Respiré profundamente cuando a mi alrededor tan solo existían árboles que las monjas habían plantado junto a las semillas que habían dado ya sus frutos.
Debía pensar fríamente. Podía haber tenido hambre pero no era la misma sensación. Podía haber tenido sed de agua pero no tenía nada que ver aquella sed con la que hacía unos momentos había saciado. Mi garganta había ardido y un líquido amargo que no era saliva había llenado mi boca tan solo unos segundos antes.
Había escuchado sin problema los latidos de sus corazones como si hubiese estado sobre su pecho. Había podido percibir como cambiaban de un ritmo lento a uno rápido.
Habían hablado de mis ojos. ¿Mis ojos podían ser tan aterradores como ellas decían? Me giré sobre mí mismo y me vi reflejado en la ventana. Mis ojos eran del mismo tono azul que habían sido siempre. No les veía nada extraño.
Miré mi piel. Esa si era diferente. Ahora era tan blanco como la nieve. Mi tono había sido más bien tostado pero en su lugar era igual que una aparición. Aquello podía deberse simplemente a los días que había estado enfermo. Pero era más que obvio que algo había cambiado en mí y tenía que averiguar en qué me había convertido.
Capítulo 3.
Noté un brazo gélido aprisionando mi espalda contra una dura piedra mientras una mano agarraba mis cabellos y tiraba de mi cabeza haciendo perfectamente accesible mi yugular. Sobre ella podía sentir un invernal aliento mientras el mismísimo fuego de las profundidades del infierno se hacía paso por mis venas.
Intenté gritar de nuevo pero me fue imposible. Fuera lo que fuese lo que me estaba sucediendo me estaba como succionando la vida.
Mis ojos estaban como platos fijos en la soberana luna que contemplaba toda la escena sin pedir auxilio de ningún tipo.
Hice fuerzas para deshacerme de aquel abrazo clandestino que me estaba dejando sin fuerzas. Me mareaba mientras aquel intenso ardor se había quedado quieto como si no tuviese ya ningún lugar por donde recorrer. Ya no se iba avivando sino que se apagaba poco a poco a medida que me iba quedando sin respiración y los latidos de mi corazón iban a menos.
Me estaba muriendo. Lo sabía. En mi mente lo único que se había dibujado eran los ojos de aquella hermosa doncella que por un instante me habían mostrado el paraíso.
En el fondo quizá me merecía aquella horrible muerte porque mis planes habían sido destruir la vida de un ser puro e inocente como ninguno de los que antes había encontrado.
- ¡Eh, tú! -gritaron a mi espalda y aquella criatura que gruñía sobre mi cuello giró rápidamente su cabeza para mirar sobre su hombro.
Cuando los pasos se acercaron pude sentir como la presión que mantenía mi cuerpo aún en pie desaparecía. No tenía ni una pizca de fuerza con la que poder mantenerme erguido por lo que me desplomé sobre el suelo mientras mis ojos buscaban quien había sido mi agresor.
Vislumbré a los ojos una figura con capa negra que desaparecía a la velocidad del rayo mientras dejaba allí a su presa. ¿Qué me podía haber hecho? ¿Me había succionado la vida? Por aquel entonces cientos de rumores corrían por el poblado de mi y un criaturas que acechaban en la noche para matar a todo hombre, mujer o niño que no estuviese a salvo.
Intenté moverme pero sin éxito alguno. Mi cuerpo estaba rígido por completo y de mi boca no salían sonidos que pudiesen indicar a los allí presentes como me encontraba.
Podía aún seguir consciente pero desconocía por cuanto tiempo. El dolor iba en aumento. Mi sangre hirviendo se iba abriendo paso por mis venas como si estuviese mezclada con puro ácido. Noté como de mi frente comenzaba a salir sudor mientras intentaba gritar.
Aquel dolor era increíblemente insoportable. Sentí como cada centímetro de mi cuerpo iba siendo devorado por aquella mezcla explosiva que lo derretía. Tenía fiebre, fiebre alta y un volcán en mi interior. Si hubiese podido abrir mis labios sabía que de mi interior saldría puro humo negro. Me estaba calcinando internamente.
Miré asustado a mi alrededor mientras notaba como las venas de mi cuello se volvían más gruesas y mi cuello se quedaba completamente duro. No podía moverlo ni un solo ápice y notaba una intensa opresión en mi pecho. Mi cuello comenzaba a hincharse o al menos era la sensación que tenía porque se me hacía más complicado cada vez ser capaz de respirar.
Todo a mi alrededor me daba vueltas pero aquel intenso dolor me impedía desmayarme. ¿Cómo podía existir una muerte tan horrible?
- Ha sido atacado por la bestia -dijo uno de los hombres que estaban mirándome.
- Deberíamos llevarle a algún lugar para ver si pueden cuidarlo -concluyó un hombre que comenzaba a tomarme de los brazos.
- Pero que lo lleven lejos de aquí -bramó otro-. Ha sido atacado por el diablo. No sabemos lo que puede sucederle.
- ¡Ayudadme! -ordenó el único que parecía preocupado por mí.
Pude notar como me llevaban en volandas. Me habían agarrado por debajo de las axilas y por mis tobillos. ¿Cómo podían ser tan bruscos llevando a un malherido? Sentía como si tuviesen una fuerza extraordinaria y mis huesos los estuviesen rompiendo aún siendo eso imposible.
A lo lejos pude escuchar el ruido de los cascos que indicaba que un carruaje se estaba acercando.
Mi respiración cada vez era más lenta. Intentaba llenar mis pulmones por completo pero parecían tan pequeños que ni tan siquiera podían mantener en su interior un litro de oxígeno.
Veía como pequeños fogonazos mientras mi corazón latía cada vez más acelerado por el infernal calor que estaba llegando a él. Sabía que en instante que aquella sangre hirviendo entrase en mi corazón este no volvería a reaccionar.
- ¡Disculpe! -gritaron a la altura de mi cabeza.
- ¿Sí? -contestó una voz rasposa.
- Necesitamos que lleve a este caballero con las monjas. Está mal herido -respondieron a la altura de mis piernas.
- Póngalo detrás con el ganado -replicó el otro.
Noté la fría madera contra mi cuerpo y como nos poníamos en marcha. Ya nadie estaba a mi lado y en mi mente aún seguían aquellos preciosos pero tortuosos ojos azules. Iba a morir y en unos segundos.
Pedí a mi cerebro que moviese mis labios para susurrar un perdón por todo el daño que hubiese causado. Redimirse era la última esperanza de un moribundo.
Mis ojos se cerraron en el instante que el dolor me penetraba los tímpanos. Adiós, doncella. Fue mi último pensamiento mientras el ruido de cascos y los relinchos de caballos eran el marco de mi temprana muerte.
Intenté gritar de nuevo pero me fue imposible. Fuera lo que fuese lo que me estaba sucediendo me estaba como succionando la vida.
Mis ojos estaban como platos fijos en la soberana luna que contemplaba toda la escena sin pedir auxilio de ningún tipo.
Hice fuerzas para deshacerme de aquel abrazo clandestino que me estaba dejando sin fuerzas. Me mareaba mientras aquel intenso ardor se había quedado quieto como si no tuviese ya ningún lugar por donde recorrer. Ya no se iba avivando sino que se apagaba poco a poco a medida que me iba quedando sin respiración y los latidos de mi corazón iban a menos.
Me estaba muriendo. Lo sabía. En mi mente lo único que se había dibujado eran los ojos de aquella hermosa doncella que por un instante me habían mostrado el paraíso.
En el fondo quizá me merecía aquella horrible muerte porque mis planes habían sido destruir la vida de un ser puro e inocente como ninguno de los que antes había encontrado.
- ¡Eh, tú! -gritaron a mi espalda y aquella criatura que gruñía sobre mi cuello giró rápidamente su cabeza para mirar sobre su hombro.
Cuando los pasos se acercaron pude sentir como la presión que mantenía mi cuerpo aún en pie desaparecía. No tenía ni una pizca de fuerza con la que poder mantenerme erguido por lo que me desplomé sobre el suelo mientras mis ojos buscaban quien había sido mi agresor.
Vislumbré a los ojos una figura con capa negra que desaparecía a la velocidad del rayo mientras dejaba allí a su presa. ¿Qué me podía haber hecho? ¿Me había succionado la vida? Por aquel entonces cientos de rumores corrían por el poblado de mi y un criaturas que acechaban en la noche para matar a todo hombre, mujer o niño que no estuviese a salvo.
Intenté moverme pero sin éxito alguno. Mi cuerpo estaba rígido por completo y de mi boca no salían sonidos que pudiesen indicar a los allí presentes como me encontraba.
Podía aún seguir consciente pero desconocía por cuanto tiempo. El dolor iba en aumento. Mi sangre hirviendo se iba abriendo paso por mis venas como si estuviese mezclada con puro ácido. Noté como de mi frente comenzaba a salir sudor mientras intentaba gritar.
Aquel dolor era increíblemente insoportable. Sentí como cada centímetro de mi cuerpo iba siendo devorado por aquella mezcla explosiva que lo derretía. Tenía fiebre, fiebre alta y un volcán en mi interior. Si hubiese podido abrir mis labios sabía que de mi interior saldría puro humo negro. Me estaba calcinando internamente.
Miré asustado a mi alrededor mientras notaba como las venas de mi cuello se volvían más gruesas y mi cuello se quedaba completamente duro. No podía moverlo ni un solo ápice y notaba una intensa opresión en mi pecho. Mi cuello comenzaba a hincharse o al menos era la sensación que tenía porque se me hacía más complicado cada vez ser capaz de respirar.
Todo a mi alrededor me daba vueltas pero aquel intenso dolor me impedía desmayarme. ¿Cómo podía existir una muerte tan horrible?
- Ha sido atacado por la bestia -dijo uno de los hombres que estaban mirándome.
- Deberíamos llevarle a algún lugar para ver si pueden cuidarlo -concluyó un hombre que comenzaba a tomarme de los brazos.
- Pero que lo lleven lejos de aquí -bramó otro-. Ha sido atacado por el diablo. No sabemos lo que puede sucederle.
- ¡Ayudadme! -ordenó el único que parecía preocupado por mí.
Pude notar como me llevaban en volandas. Me habían agarrado por debajo de las axilas y por mis tobillos. ¿Cómo podían ser tan bruscos llevando a un malherido? Sentía como si tuviesen una fuerza extraordinaria y mis huesos los estuviesen rompiendo aún siendo eso imposible.
A lo lejos pude escuchar el ruido de los cascos que indicaba que un carruaje se estaba acercando.
Mi respiración cada vez era más lenta. Intentaba llenar mis pulmones por completo pero parecían tan pequeños que ni tan siquiera podían mantener en su interior un litro de oxígeno.
Veía como pequeños fogonazos mientras mi corazón latía cada vez más acelerado por el infernal calor que estaba llegando a él. Sabía que en instante que aquella sangre hirviendo entrase en mi corazón este no volvería a reaccionar.
- ¡Disculpe! -gritaron a la altura de mi cabeza.
- ¿Sí? -contestó una voz rasposa.
- Necesitamos que lleve a este caballero con las monjas. Está mal herido -respondieron a la altura de mis piernas.
- Póngalo detrás con el ganado -replicó el otro.
Noté la fría madera contra mi cuerpo y como nos poníamos en marcha. Ya nadie estaba a mi lado y en mi mente aún seguían aquellos preciosos pero tortuosos ojos azules. Iba a morir y en unos segundos.
Pedí a mi cerebro que moviese mis labios para susurrar un perdón por todo el daño que hubiese causado. Redimirse era la última esperanza de un moribundo.
Mis ojos se cerraron en el instante que el dolor me penetraba los tímpanos. Adiós, doncella. Fue mi último pensamiento mientras el ruido de cascos y los relinchos de caballos eran el marco de mi temprana muerte.
Capítulo 2.
La miré mientras el eco del disparo aún se escuchaba. El chillido de una mujer había sido amortiguado por el gran impacto de la bala. Ella miraba hacia la parte alta de la barandilla buscando alguna señal que indicase que podía salir de nuevo de nuestro improvisado escondite. Sus ojos azules centelleaban mientras era más que posible escuchar los latidos de su corazón acelerado.
Su aroma era embriagador. Ahora podía ser partícipe de la gran suerte que tenían todos los que podían estar a su alrededor.
La vela yacía a nuestro lado. Se había apagado por el brusco movimiento. No era capaz de articular palabra pero al otro lado de la verja todo era muy diferente. Podía escuchar gritos pero no llegaban con claridad a mis oídos pues estaba tan absorto en la belleza que estaba contemplando desde tan cerca que me parecía todo lo demás completamente secundario.
Sus manos se apoyaron sobre el césped y se comenzó a incorporar lentamente mientras su cabello se posicionaba sobre su hombro izquierdo. Por temor a que algo pudiese pasarla agarré su brazo con suavidad para volver a colocarla como estaba. Ella me miró, confusa pero yo agradecido sonreí fugazmente porque me dedicase su hermosa mirada.
- No se levante aún -musité.
Me incorporé en el lugar de ella y de puntillas miré sobre la parte de ladrillo de la verja. Entrecerré los ojos y contemplé la escena.
Ya le habían quitado el arma al despechado y mientras tanto la culpable de ese triángulo amoroso había comenzado a llorar diciendo entre sollozos mi nombre porque ya no me veía. Rodé los ojos pesaroso.
- Pesada -dije entre dientes.
- ¿La conoce tan bien como para poder decir algo semejante de ella? -susurró aquella dulce voz muy cerca de mi oído.
- Créame que es lo más noble que puede decirse de ella -contesté.
Aquella linda mujer me miró con gesto de desapruebo pero no dijo nada más.
Me levanté y volví a salir por la puerta de la verja del castillo. Ella también se levantó y limpió sus faldas como pudo.
- Debería volver a su hogar, señorita -le aconsejé.
- Eso haré, caballero -asintió y dirigió una mirada furtiva hacia los guardias- Adiós.
Después de despedirse fue rápidamente hasta el palacio y la perdí entre las hojas de los árboles. Suspiré apesadumbrado. Apreté mis manos contra el frío hierro y bramé para mis adentros. Como deseaba poder tomar a aquella mujer entre mis brazos y hacer que gritara mi nombre sin compasión pero no era posible. Si tocaba a alguien de la corte era más que obvio que terminaría muy mal parado. Sonreí con malicia. Me encantaban los riesgos y ese era uno que pensaba correr.
Miré a mi alrededor y por como me ardía la sangre supe que necesitaba descargar mi apetito tan voraz. Necesitaba hacer mía a una mujer e imaginar que era la dulce propietaria de ese aroma tan delicado.
Me dirigí hacia las pensiones donde siempre había alguna dispuesta a entregarse a mis encantos.
Durante mi caminata no podía quitarme esos ojos azules de la mente. La sed de pasión subió de tal forma que llegaba a dolerme el pantalón. Aquella mujer debía ser mía pero a su debido tiempo. Jamás nada me había llevado a cometer la locura que deseaba pero lo haría me costase lo que me costase.
Llegué a la taberna de mala muerte del viejo Billy el cojo. Reí al escuchar el gran jaleo del interior. Eso me gustaba, significaba que aún podría tener donde escoger.
Entré y al hacerlo llené mis pulmones del intenso aroma a tabaco y alcohol barato. Allí estaban todas las mujeres más poderosas del mundo en cuanto a secretos se refiere. Podrían destronar al mismísimo rey si se les antojase pero aquella vida lasciva era lo que realmente le gustaba.
Miré al joven que estaba tras la barra, le hice un gesto y sin mediar palabra me sirvió un vaso de whisky.
Observé mi alrededor. Todas las exuberantes féminas de aquel lugar intentaban seducirme con sus miradas e incluso con gestos obscenos. Algunas deslizaban su lengua entre sus labios y la sola idea de ver a aquella delicada dama de la corte realizar el mismo gesto por mí me volvía loco. Vi a lo lejos a una chica de similares características físicas pero ni una pequeña parte de su belleza. Me daba igual. Quería entrecerrar los ojos y verla a ella, a la mujer que había conseguido borrarme la razón para mantenerme en la continua excitación.
Bebí de un trago el whisky de importación que estaba entre mis manos. Dejé el vaso sobre la barra y me apresuré a caminar hasta la joven que me miraba de la misma manera lasciva que el resto de las presentes.
- ¿Puedo ayudarle en algo? -dijo riendo mientras se hacía la inocente.
Antes de que mis ganas de hacer lo que mi cuerpo deseaba se desvaneciesen la miré con frialdad.
- No digas ni una sola palabra, solo quiero sonidos, no quiero palabras. Si dices alguna te dejo como estés -la ordené.
Después la agarré con fuerza del brazo y caminé hasta la parte trasera del bar donde estaba todo mucho más oscuro. Abrí una pequeña ventana y dejé que los rayos de la luna entraran pero que no se viese por completo el rostro de esa mujer.
Ella se dirigió hasta mis pantalones rápidamente, la paré y la empotré contra la pared.
- ¡Mando yo! -grité.
Ella no dijo nada más ni hizo nada que yo no la pidiera. Eso era lo que quería. Debía intentar ser lo más inocente que pudiese.
Miré su corsé y rompí las tiras. No aguantaba más. La podía imaginar a ella mirándome con aquellos ojos azules y enfundada en aquel vestido barato solo porque yo se lo había ordenado.
Descubrí sus pechos, seguramente serían más hermosos los de ella pero no importaba, no iba a mirar a aquella cualquiera. Los mordí con necesidad mientras tenía mis ojos cerrados.
Necesitaba que gimiese aquella zorra barata solo para así poder llevar al completo aquella insólita fantasía.
Lo hizo, gimió. Sonreí con malicia y la arranqué lo que tapaba aquel lugar en el que tantos hombres se habían metido. No, pero no. Ella era la doncella, sí. Allí nadie había estado, nadie lo había perforado. ¡Oh, soberana delicia! Un cuerpo virgen que mancillar.
Me bajé el pantalón y la embestí, con fuerza, sin remordimiento. Escuché aquel grito. No, la fantasía no era completa porque no era su voz. Tapé la boca de esa odiosa mujer y comencé a penetrarla una y otra vez sin piedad. No me importaba si la dolía, ese era su trabajo, lo único que yo deseaba era disfrutar.
No tardé mucho en descargarme por completo. Salí de ella y me fui sin preocuparme si ella había terminado o no. Me era completa y absolutamente indiferente. Yo estaba satisfecho y eso era lo que importaba.
Pasé mi mano por mis cabellos desordenados y abrí la puerta trasera. Miré la callejuela y entonces una sombra tapó la luna. ¿Qué estaba sucediendo? No era ninguna nube.
Sentí un intenso dolor en mi cuello y un grito ensordecedor salió de mi garganta.
Su aroma era embriagador. Ahora podía ser partícipe de la gran suerte que tenían todos los que podían estar a su alrededor.
La vela yacía a nuestro lado. Se había apagado por el brusco movimiento. No era capaz de articular palabra pero al otro lado de la verja todo era muy diferente. Podía escuchar gritos pero no llegaban con claridad a mis oídos pues estaba tan absorto en la belleza que estaba contemplando desde tan cerca que me parecía todo lo demás completamente secundario.
Sus manos se apoyaron sobre el césped y se comenzó a incorporar lentamente mientras su cabello se posicionaba sobre su hombro izquierdo. Por temor a que algo pudiese pasarla agarré su brazo con suavidad para volver a colocarla como estaba. Ella me miró, confusa pero yo agradecido sonreí fugazmente porque me dedicase su hermosa mirada.
- No se levante aún -musité.
Me incorporé en el lugar de ella y de puntillas miré sobre la parte de ladrillo de la verja. Entrecerré los ojos y contemplé la escena.
Ya le habían quitado el arma al despechado y mientras tanto la culpable de ese triángulo amoroso había comenzado a llorar diciendo entre sollozos mi nombre porque ya no me veía. Rodé los ojos pesaroso.
- Pesada -dije entre dientes.
- ¿La conoce tan bien como para poder decir algo semejante de ella? -susurró aquella dulce voz muy cerca de mi oído.
- Créame que es lo más noble que puede decirse de ella -contesté.
Aquella linda mujer me miró con gesto de desapruebo pero no dijo nada más.
Me levanté y volví a salir por la puerta de la verja del castillo. Ella también se levantó y limpió sus faldas como pudo.
- Debería volver a su hogar, señorita -le aconsejé.
- Eso haré, caballero -asintió y dirigió una mirada furtiva hacia los guardias- Adiós.
Después de despedirse fue rápidamente hasta el palacio y la perdí entre las hojas de los árboles. Suspiré apesadumbrado. Apreté mis manos contra el frío hierro y bramé para mis adentros. Como deseaba poder tomar a aquella mujer entre mis brazos y hacer que gritara mi nombre sin compasión pero no era posible. Si tocaba a alguien de la corte era más que obvio que terminaría muy mal parado. Sonreí con malicia. Me encantaban los riesgos y ese era uno que pensaba correr.
Miré a mi alrededor y por como me ardía la sangre supe que necesitaba descargar mi apetito tan voraz. Necesitaba hacer mía a una mujer e imaginar que era la dulce propietaria de ese aroma tan delicado.
Me dirigí hacia las pensiones donde siempre había alguna dispuesta a entregarse a mis encantos.
Durante mi caminata no podía quitarme esos ojos azules de la mente. La sed de pasión subió de tal forma que llegaba a dolerme el pantalón. Aquella mujer debía ser mía pero a su debido tiempo. Jamás nada me había llevado a cometer la locura que deseaba pero lo haría me costase lo que me costase.
Llegué a la taberna de mala muerte del viejo Billy el cojo. Reí al escuchar el gran jaleo del interior. Eso me gustaba, significaba que aún podría tener donde escoger.
Entré y al hacerlo llené mis pulmones del intenso aroma a tabaco y alcohol barato. Allí estaban todas las mujeres más poderosas del mundo en cuanto a secretos se refiere. Podrían destronar al mismísimo rey si se les antojase pero aquella vida lasciva era lo que realmente le gustaba.
Miré al joven que estaba tras la barra, le hice un gesto y sin mediar palabra me sirvió un vaso de whisky.
Observé mi alrededor. Todas las exuberantes féminas de aquel lugar intentaban seducirme con sus miradas e incluso con gestos obscenos. Algunas deslizaban su lengua entre sus labios y la sola idea de ver a aquella delicada dama de la corte realizar el mismo gesto por mí me volvía loco. Vi a lo lejos a una chica de similares características físicas pero ni una pequeña parte de su belleza. Me daba igual. Quería entrecerrar los ojos y verla a ella, a la mujer que había conseguido borrarme la razón para mantenerme en la continua excitación.
Bebí de un trago el whisky de importación que estaba entre mis manos. Dejé el vaso sobre la barra y me apresuré a caminar hasta la joven que me miraba de la misma manera lasciva que el resto de las presentes.
- ¿Puedo ayudarle en algo? -dijo riendo mientras se hacía la inocente.
Antes de que mis ganas de hacer lo que mi cuerpo deseaba se desvaneciesen la miré con frialdad.
- No digas ni una sola palabra, solo quiero sonidos, no quiero palabras. Si dices alguna te dejo como estés -la ordené.
Después la agarré con fuerza del brazo y caminé hasta la parte trasera del bar donde estaba todo mucho más oscuro. Abrí una pequeña ventana y dejé que los rayos de la luna entraran pero que no se viese por completo el rostro de esa mujer.
Ella se dirigió hasta mis pantalones rápidamente, la paré y la empotré contra la pared.
- ¡Mando yo! -grité.
Ella no dijo nada más ni hizo nada que yo no la pidiera. Eso era lo que quería. Debía intentar ser lo más inocente que pudiese.
Miré su corsé y rompí las tiras. No aguantaba más. La podía imaginar a ella mirándome con aquellos ojos azules y enfundada en aquel vestido barato solo porque yo se lo había ordenado.
Descubrí sus pechos, seguramente serían más hermosos los de ella pero no importaba, no iba a mirar a aquella cualquiera. Los mordí con necesidad mientras tenía mis ojos cerrados.
Necesitaba que gimiese aquella zorra barata solo para así poder llevar al completo aquella insólita fantasía.
Lo hizo, gimió. Sonreí con malicia y la arranqué lo que tapaba aquel lugar en el que tantos hombres se habían metido. No, pero no. Ella era la doncella, sí. Allí nadie había estado, nadie lo había perforado. ¡Oh, soberana delicia! Un cuerpo virgen que mancillar.
Me bajé el pantalón y la embestí, con fuerza, sin remordimiento. Escuché aquel grito. No, la fantasía no era completa porque no era su voz. Tapé la boca de esa odiosa mujer y comencé a penetrarla una y otra vez sin piedad. No me importaba si la dolía, ese era su trabajo, lo único que yo deseaba era disfrutar.
No tardé mucho en descargarme por completo. Salí de ella y me fui sin preocuparme si ella había terminado o no. Me era completa y absolutamente indiferente. Yo estaba satisfecho y eso era lo que importaba.
Pasé mi mano por mis cabellos desordenados y abrí la puerta trasera. Miré la callejuela y entonces una sombra tapó la luna. ¿Qué estaba sucediendo? No era ninguna nube.
Sentí un intenso dolor en mi cuello y un grito ensordecedor salió de mi garganta.
Capítulo 1.
La luz de la luna entraba por los cristales de la habitación haciendo que viese aún más hermoso el cuerpo de la joven que aún permanecía entre las sábanas. Ella no se movía, dormía plácidamente. ¿Su nombre? Lo desconocía. Ni tan siquiera me importaba. Su cuerpo era lo que había poseído y no su corazón, o al menos esa era mi intención.
Miré por la ventana contemplando la calle que estaba desierta. Nadie paseaba ya a esas horas por ella.
Cerré mis ojos y vi los pechos de la amante que esa noche había tenido votando delante de mí. El deseo se hizo patente en mi entrepierna y volví a abrir mis ojos.
Aquella mujer era una de tantas que habían pasado por mi cama. Unas más hermosas que otras, unas con dueño y otras sin él. No me importaba apoderarme de lo que no era mío. Conseguía conquistar a cualquier mujer que desease. En mi mente solo había lujuria, no conocía el porqué de desear pasar toda la vida con una misma persona.
Fruncí mis labios pensativo y caminé hacia aquella presa que había ganado esa madrugada. Me incliné sobre el cuerpo tranquilo de aquella joven y me deshice de las sábanas que cubrían su cuerpo.
- Despierta –dije bruscamente.
La joven lo hizo de inmediato asustada por el tono de mi voz. Me miró con sus ojos castaños llenos de incomprensión. Había podido ser un amante que había dicho las frases que toda mujer deseaba oír pero ahora jamás consentiría que se pensase lo que no era. Había sido el príncipe de los sueños para que así se entregase a mí pero no dejaría que se pensase la única amante del mundo para mí pues no era así.
- Vete –musité mirándola a sus ojos.
- ¿Por qué? –preguntó aún confusa.
- Porque ya has terminado lo que viniste a hacer aquí. Vuelve a tu casa con tu esposo que te estará esperando. No creo que haya notado mucho tu ausencia ya que me dijiste que es un borracho –respondí.
Me miró frunciendo el ceño y me soltó una cachetada. Antes de que rozase mi piel paré su mano y apreté su muñeca hasta causarla daño. No me importaba lo más mínimo que me odiase, volvería amarme, volvería a necesitar mi apetito sexual para saciar el suyo que su marido no era capaz de cubrir.
- ¡Daniel! -gritó por el dolor y tapé su boca con mi otra mano.
- No grites -bramé-. Recoge tus cosas y lárgate.
La solté me dí la vuelta y miré por la ventana esperando hasta que escuchase el ruido de la puerta porque se había ido de mi hogar.
No pasó mucho más tiempo. Ella estaba dolida por los comentarios y por todo lo que había cambiado de llamarla mi amor hasta degradarle a tal nivel pero al final ella misma se había dado cuenta que lo era. Era una simple cualquiera que se había entregado a otro con tan solo unas palabras bonitas y un susurro. ¿No había oído hablar de las mentiras? No era la primera mujer que con cuatro halagos había entrado entre mis sábanas.
Si los hombres supiesen todo lo que pueden conseguir de una de esas diosas diciendo las palabras adecuadas… Reí para mí mismo mientras me giraba. Debía dar una vuelta mientras el olor a lujuria desaparecía de la habitación.
Me vestí rápidamente y salí por la puerta. El frío gélido del viento nocturno dio como una bofetada en mi rostro. Sonreí. Esa sensación era la que necesitaba en ese mismo momento, ninguna otra.
Paseé hasta que me percaté que seguía el mismo trayecto que la mujer que antes había yacido en el camastro que utilizaba para dormir. Sigilosamente me di media vuelta y volví sobre mis pasos y tomé otra ruta en la que sabía que ninguna cortesana podría molestarme.
No dejé de pasear hasta que llegué hasta una verja mirando fijamente al jardín del que eran dueños los recien llegados al poder Devonshire.
Cuanto les envidiaba a los horribles Devonshire que en tan extrañas circunstancias habían llegado y aparecido para adueñarse de un reino que ya no les deseaba aunque algunos miembros de la realeza se habían ganado el favor del público. Dos de ellos, que siempre, en todas partes aparecían juntos. Los detestaba, yo teniendo que pedir en cualquier parte para comer, consiguiendo las pocas cosas que podía por meter a cientos de mujeres entre mis sábanas.
Miré durante un largo tiempo aquel palacio. La envidia me corroía. Lo quería para mí, ansiaba cada uno de esos súbditos. Lo que haría en aquel lugar rodeado de jóvenes hermosas para satisfacer todos y cada uno de mis caprichos. Sería el hombre más envidiado del mundo.
Sonreí ante la idea de arrancarle el pescuezo al rey hasta que escuché un ruido. Pensé que era un guardia de palacio y ya había tenido muchos problemas con la autoridad como para permitirme alguno más. Me agaché lo mejor que puede pero la curiosidad me pudo por lo que mis ojos permanecieron sobre el petril para que así pudiese observar quién era el causante de semejante susto.
Vi a lo lejos una pequeña lucecita que salí de una puerta demasiado alejada de la principal como para tratarse de alguien importante el que hubiese decidido visitar el jardín a aquellas horas.
En el instante que desviaba mi mirada de la sombra un rayo de la luna me permitió contemplar los cabellos dorados de la mujer más hermosa que hubiese contemplado jamás. ¿Quién era ella y porqué razón no la había visto antes?
Su hermoso pelo descendía por su espalda cual cascada. Toda la envidia que el castillo me había hecho florecer se disipó para posarse en ese sedoso cabello que tenía la suerte de rozar aquella piel blanca como la nieve. Parecía porcelana en la lejanía. ¡Oh, dios jamás había visto semejante mujer que me hiciese perder la compostura de una manera como aquella! Mis manos se apretaron contra la verja intentando arrancar el metal con mis dedos para así poder correr a tomarla entre mis manos ya que mi erección dolía entre mis piernas y eso que ni tan siquiera había visto su figura.
Esa mujer tenía un don extraño en mí pero no quería dejar de sentirlo, deseaba poder arrancar aquellas ropas y tomarla allí mismo como un animal. Nada ni nadie me lo impedirían excepto esa odiosa verja que no me daba tampoco ningún regalo sino distancia entre su cuerpo inmaculado y el mío.
Comenzó a caminar y sin pensarlo dos veces la seguí. Quizá si tenía suerte se acercaría un poco a mí y podría contemplar de cerca esa hermosura tan extraordinaria.
Seguí aquella llamita viendo como se desvanecía de vez en cuando entre los árboles consiguiendo que mi desesperación fuese tal que terminase apretando mis puños y golpeando el petril con ellos hasta que volvía a aparecer unos pasos más adelante. Me apresuré y me quedé frente a ella ya que había rodeado un lateral de la verja hasta llegar a una pequeña esquina por la que continuaba aquel impedimento de metal.
La lucecilla despareció y la ansiedad volvió. Como loco busqué una puerta y unos veinte metros la tenía. Necesitaba contemplar ese cuerpo y meterme en él de la manera más voraz.
Abrí el candado cuando escuché un grito. El sonido de varias espadas moviéndose con rapidez mientras alguien desenvainaba un arma. No, ahora no. Cerca de donde estaba dos hombres se estaban peleando por la compañía de una cortesana. La guardia de palacio salió para evitar el altercado mientras escuchaba unos pasos como si alguien corriese. Imaginé que sería la chica volviendo al palacio por lo que lleve mi mirada hacia el altercado.
- ¡No la toques, escoria! -gritó uno de los hombres el que estaba armado con tan solo una chaqueta ligeramente roída como prenda más elegante. Era más que obvio que se dejaba todo el dinero en damas de compañía y por lo que parecía se había debido enamorar de esa cortesana, estúpidamente por su parte.
Por experiencia sabía que los amores de las cortesanas eran todos muy cortos y falsos. Quien tenía dinero para pagarlas sus caprichos era el amor de su vida mientras que todas me deseaban en sus camas mientras el otro dueño de sus almas les hacían lo que ellos pensaban que era el amor.
- No se peleen -dijo uno de los guardas del palacio.
Reí internamente al ver quien era la fulana motivo de tal discusión. Lorelaine, la mujer más vanidosa que jamás había conocido y por supuesto la más mentirosa. Se metía entre las camas de todos los ricos solo por el dinero mientras pensaba que en dos horas más iría a visitarme a mi casa pidiéndome o incluso podría decir rogándome que la hiciese mía para así borrar de sus entrañas que otro hombre la hubiese reclamado como suya por el dinero que fuese.
- Estúpidos -susurré.
- ¿Qué ocurre? -dijo una voz tímida a mi espalda y me giré sorprendido.
Allí estaba ella. La mujer que me había cautivado en la lejanía estaba a escasos centímetros de mí mirando el altercado y preguntándome que estaba sucediendo. ¿Acaso se daba cuenta que se estaba poniendo en peligro al no haber vuelto al palacio?
Sus ojos azules estaban fijos en la batalla mientras su cabello jugueteaba con sus mejillas entre los rasgos de su perfecta piel poniéndome enfermo de envidia.
- ¡Quieto! -gritaban algunos miembros de la guardia desenvainando algunos las espadas mientras que otros optaban por el arma.
- ¿Podría explicarme lo que sucede? -susurró aquella joven y volví mi vista a ella sin poder ahora quitarla ya que sus hermosos ojos contemplaban los míos de una manera tan hipnótica que me hacía desearla aún más.
Apreté mi mandíbula para controlar mis impulsos. No quería que gritase o algo por el estilo con la guarda real tan cerca de nosotros. Sabía que el castigo por tocar a un sirviente de palacio sería mínimo una tortura.
- Se están peleando por una cualquiera -resoplé y me apoyé en la verja-. Esa es una simple ramera que tan solo se mete en la cama de aquel que la paga lo suficiente. Se mueve pordinero, nada más. El tipo de la pistola es un viudo reciente que olvidó sus penas entre las piernas de la mujer y el abrazo de las botellas de licor. El otro simplemente quiere llevársela a la cama por un módico precio mientras que la golfa le habrá dicho miles de veces al armado que lo ama y al mejor vestido mientras fantasea con su verdadero amor -dije como escupiendo la última idea del asco que me daba.
- Así que la joven.. -susurró escondiéndose poco a poco detrás de mí- está enamorada de otro pero duerme en brazos de otros hombres. ¿Pagan porque una mujer se duerma a su lado? Eso es muy raro. Mis padres duermen separados. ¿Por qué alguien desearía dormir con una persona que no sea su hermana?
La miré completamente perplejo. ¿De verdad estaba preguntando eso? Entrecerré mis ojos mirándola espectante pensando que si la concedía unos instantes ella entendería eso lo que quería decir acostarse con una mujer, pero parecía que no. ¿Realmente esa mujer era tan inmaculada como parecía?
La miré observando su rostro mientras ella seguía pendiente de la situación que estaba sucediendo.
- ¡Aléjate de ella! -gritó de nuevo el hombre armado.
- Tranquilo.. -susurró el otro hombre al que estaba apuntando con el arma.
- Vámonos, a… -entonces los ojos de la cortesana se posaron en mí.
Contemplé como enrojeció como era su costumbre y rodé los ojos para volver mi mirada al inmaculado rostro de la mujer que estaba a mi lado. Ella sí que era digna de aquella batalla, tan hermosa, tan excitante y a la vez tan seductoramente ignorante.
Volví a sentir como mi entrepierna se encendía cuando noté como sus pechos se asomaban ligeramente por la inclinación que tenía a través de su escote. ¡Oh, Dios mío! Aquella mujer era la tentación hecha mujer.
- ¡O suelta el arma ya o nos veremos obligados a intervenir! -gritó uno de los guardas.
La cortesana hizo ademán de acercarse a mí pero entonces me giré y miré fijamente a la joven que estaba aún pendiente de la situación.
- Señorita, corra -susurré-. Esta situación no tiene buena pinta. Vuelva al palacio.
- ¿Por qué? -susurró con aquella voz angelical mientras sus labios carnosos estaban demasiado cerca de los míos como para su seguridad.
- Porque va a intervenir la guardia -respondí mirándola.
Ella sin comprender abrió la puertecilla que nos separaba y al escuchar un nuevo disparo agarró mi brazo y emitiendo un ligero grito de espanto ambos caímos en el césped del jardín.
Miré por la ventana contemplando la calle que estaba desierta. Nadie paseaba ya a esas horas por ella.
Cerré mis ojos y vi los pechos de la amante que esa noche había tenido votando delante de mí. El deseo se hizo patente en mi entrepierna y volví a abrir mis ojos.
Aquella mujer era una de tantas que habían pasado por mi cama. Unas más hermosas que otras, unas con dueño y otras sin él. No me importaba apoderarme de lo que no era mío. Conseguía conquistar a cualquier mujer que desease. En mi mente solo había lujuria, no conocía el porqué de desear pasar toda la vida con una misma persona.
Fruncí mis labios pensativo y caminé hacia aquella presa que había ganado esa madrugada. Me incliné sobre el cuerpo tranquilo de aquella joven y me deshice de las sábanas que cubrían su cuerpo.
- Despierta –dije bruscamente.
La joven lo hizo de inmediato asustada por el tono de mi voz. Me miró con sus ojos castaños llenos de incomprensión. Había podido ser un amante que había dicho las frases que toda mujer deseaba oír pero ahora jamás consentiría que se pensase lo que no era. Había sido el príncipe de los sueños para que así se entregase a mí pero no dejaría que se pensase la única amante del mundo para mí pues no era así.
- Vete –musité mirándola a sus ojos.
- ¿Por qué? –preguntó aún confusa.
- Porque ya has terminado lo que viniste a hacer aquí. Vuelve a tu casa con tu esposo que te estará esperando. No creo que haya notado mucho tu ausencia ya que me dijiste que es un borracho –respondí.
Me miró frunciendo el ceño y me soltó una cachetada. Antes de que rozase mi piel paré su mano y apreté su muñeca hasta causarla daño. No me importaba lo más mínimo que me odiase, volvería amarme, volvería a necesitar mi apetito sexual para saciar el suyo que su marido no era capaz de cubrir.
- ¡Daniel! -gritó por el dolor y tapé su boca con mi otra mano.
- No grites -bramé-. Recoge tus cosas y lárgate.
La solté me dí la vuelta y miré por la ventana esperando hasta que escuchase el ruido de la puerta porque se había ido de mi hogar.
No pasó mucho más tiempo. Ella estaba dolida por los comentarios y por todo lo que había cambiado de llamarla mi amor hasta degradarle a tal nivel pero al final ella misma se había dado cuenta que lo era. Era una simple cualquiera que se había entregado a otro con tan solo unas palabras bonitas y un susurro. ¿No había oído hablar de las mentiras? No era la primera mujer que con cuatro halagos había entrado entre mis sábanas.
Si los hombres supiesen todo lo que pueden conseguir de una de esas diosas diciendo las palabras adecuadas… Reí para mí mismo mientras me giraba. Debía dar una vuelta mientras el olor a lujuria desaparecía de la habitación.
Me vestí rápidamente y salí por la puerta. El frío gélido del viento nocturno dio como una bofetada en mi rostro. Sonreí. Esa sensación era la que necesitaba en ese mismo momento, ninguna otra.
Paseé hasta que me percaté que seguía el mismo trayecto que la mujer que antes había yacido en el camastro que utilizaba para dormir. Sigilosamente me di media vuelta y volví sobre mis pasos y tomé otra ruta en la que sabía que ninguna cortesana podría molestarme.
No dejé de pasear hasta que llegué hasta una verja mirando fijamente al jardín del que eran dueños los recien llegados al poder Devonshire.
Cuanto les envidiaba a los horribles Devonshire que en tan extrañas circunstancias habían llegado y aparecido para adueñarse de un reino que ya no les deseaba aunque algunos miembros de la realeza se habían ganado el favor del público. Dos de ellos, que siempre, en todas partes aparecían juntos. Los detestaba, yo teniendo que pedir en cualquier parte para comer, consiguiendo las pocas cosas que podía por meter a cientos de mujeres entre mis sábanas.
Miré durante un largo tiempo aquel palacio. La envidia me corroía. Lo quería para mí, ansiaba cada uno de esos súbditos. Lo que haría en aquel lugar rodeado de jóvenes hermosas para satisfacer todos y cada uno de mis caprichos. Sería el hombre más envidiado del mundo.
Sonreí ante la idea de arrancarle el pescuezo al rey hasta que escuché un ruido. Pensé que era un guardia de palacio y ya había tenido muchos problemas con la autoridad como para permitirme alguno más. Me agaché lo mejor que puede pero la curiosidad me pudo por lo que mis ojos permanecieron sobre el petril para que así pudiese observar quién era el causante de semejante susto.
Vi a lo lejos una pequeña lucecita que salí de una puerta demasiado alejada de la principal como para tratarse de alguien importante el que hubiese decidido visitar el jardín a aquellas horas.
En el instante que desviaba mi mirada de la sombra un rayo de la luna me permitió contemplar los cabellos dorados de la mujer más hermosa que hubiese contemplado jamás. ¿Quién era ella y porqué razón no la había visto antes?
Su hermoso pelo descendía por su espalda cual cascada. Toda la envidia que el castillo me había hecho florecer se disipó para posarse en ese sedoso cabello que tenía la suerte de rozar aquella piel blanca como la nieve. Parecía porcelana en la lejanía. ¡Oh, dios jamás había visto semejante mujer que me hiciese perder la compostura de una manera como aquella! Mis manos se apretaron contra la verja intentando arrancar el metal con mis dedos para así poder correr a tomarla entre mis manos ya que mi erección dolía entre mis piernas y eso que ni tan siquiera había visto su figura.
Esa mujer tenía un don extraño en mí pero no quería dejar de sentirlo, deseaba poder arrancar aquellas ropas y tomarla allí mismo como un animal. Nada ni nadie me lo impedirían excepto esa odiosa verja que no me daba tampoco ningún regalo sino distancia entre su cuerpo inmaculado y el mío.
Comenzó a caminar y sin pensarlo dos veces la seguí. Quizá si tenía suerte se acercaría un poco a mí y podría contemplar de cerca esa hermosura tan extraordinaria.
Seguí aquella llamita viendo como se desvanecía de vez en cuando entre los árboles consiguiendo que mi desesperación fuese tal que terminase apretando mis puños y golpeando el petril con ellos hasta que volvía a aparecer unos pasos más adelante. Me apresuré y me quedé frente a ella ya que había rodeado un lateral de la verja hasta llegar a una pequeña esquina por la que continuaba aquel impedimento de metal.
La lucecilla despareció y la ansiedad volvió. Como loco busqué una puerta y unos veinte metros la tenía. Necesitaba contemplar ese cuerpo y meterme en él de la manera más voraz.
Abrí el candado cuando escuché un grito. El sonido de varias espadas moviéndose con rapidez mientras alguien desenvainaba un arma. No, ahora no. Cerca de donde estaba dos hombres se estaban peleando por la compañía de una cortesana. La guardia de palacio salió para evitar el altercado mientras escuchaba unos pasos como si alguien corriese. Imaginé que sería la chica volviendo al palacio por lo que lleve mi mirada hacia el altercado.
- ¡No la toques, escoria! -gritó uno de los hombres el que estaba armado con tan solo una chaqueta ligeramente roída como prenda más elegante. Era más que obvio que se dejaba todo el dinero en damas de compañía y por lo que parecía se había debido enamorar de esa cortesana, estúpidamente por su parte.
Por experiencia sabía que los amores de las cortesanas eran todos muy cortos y falsos. Quien tenía dinero para pagarlas sus caprichos era el amor de su vida mientras que todas me deseaban en sus camas mientras el otro dueño de sus almas les hacían lo que ellos pensaban que era el amor.
- No se peleen -dijo uno de los guardas del palacio.
Reí internamente al ver quien era la fulana motivo de tal discusión. Lorelaine, la mujer más vanidosa que jamás había conocido y por supuesto la más mentirosa. Se metía entre las camas de todos los ricos solo por el dinero mientras pensaba que en dos horas más iría a visitarme a mi casa pidiéndome o incluso podría decir rogándome que la hiciese mía para así borrar de sus entrañas que otro hombre la hubiese reclamado como suya por el dinero que fuese.
- Estúpidos -susurré.
- ¿Qué ocurre? -dijo una voz tímida a mi espalda y me giré sorprendido.
Allí estaba ella. La mujer que me había cautivado en la lejanía estaba a escasos centímetros de mí mirando el altercado y preguntándome que estaba sucediendo. ¿Acaso se daba cuenta que se estaba poniendo en peligro al no haber vuelto al palacio?
Sus ojos azules estaban fijos en la batalla mientras su cabello jugueteaba con sus mejillas entre los rasgos de su perfecta piel poniéndome enfermo de envidia.
- ¡Quieto! -gritaban algunos miembros de la guardia desenvainando algunos las espadas mientras que otros optaban por el arma.
- ¿Podría explicarme lo que sucede? -susurró aquella joven y volví mi vista a ella sin poder ahora quitarla ya que sus hermosos ojos contemplaban los míos de una manera tan hipnótica que me hacía desearla aún más.
Apreté mi mandíbula para controlar mis impulsos. No quería que gritase o algo por el estilo con la guarda real tan cerca de nosotros. Sabía que el castigo por tocar a un sirviente de palacio sería mínimo una tortura.
- Se están peleando por una cualquiera -resoplé y me apoyé en la verja-. Esa es una simple ramera que tan solo se mete en la cama de aquel que la paga lo suficiente. Se mueve pordinero, nada más. El tipo de la pistola es un viudo reciente que olvidó sus penas entre las piernas de la mujer y el abrazo de las botellas de licor. El otro simplemente quiere llevársela a la cama por un módico precio mientras que la golfa le habrá dicho miles de veces al armado que lo ama y al mejor vestido mientras fantasea con su verdadero amor -dije como escupiendo la última idea del asco que me daba.
- Así que la joven.. -susurró escondiéndose poco a poco detrás de mí- está enamorada de otro pero duerme en brazos de otros hombres. ¿Pagan porque una mujer se duerma a su lado? Eso es muy raro. Mis padres duermen separados. ¿Por qué alguien desearía dormir con una persona que no sea su hermana?
La miré completamente perplejo. ¿De verdad estaba preguntando eso? Entrecerré mis ojos mirándola espectante pensando que si la concedía unos instantes ella entendería eso lo que quería decir acostarse con una mujer, pero parecía que no. ¿Realmente esa mujer era tan inmaculada como parecía?
La miré observando su rostro mientras ella seguía pendiente de la situación que estaba sucediendo.
- ¡Aléjate de ella! -gritó de nuevo el hombre armado.
- Tranquilo.. -susurró el otro hombre al que estaba apuntando con el arma.
- Vámonos, a… -entonces los ojos de la cortesana se posaron en mí.
Contemplé como enrojeció como era su costumbre y rodé los ojos para volver mi mirada al inmaculado rostro de la mujer que estaba a mi lado. Ella sí que era digna de aquella batalla, tan hermosa, tan excitante y a la vez tan seductoramente ignorante.
Volví a sentir como mi entrepierna se encendía cuando noté como sus pechos se asomaban ligeramente por la inclinación que tenía a través de su escote. ¡Oh, Dios mío! Aquella mujer era la tentación hecha mujer.
- ¡O suelta el arma ya o nos veremos obligados a intervenir! -gritó uno de los guardas.
La cortesana hizo ademán de acercarse a mí pero entonces me giré y miré fijamente a la joven que estaba aún pendiente de la situación.
- Señorita, corra -susurré-. Esta situación no tiene buena pinta. Vuelva al palacio.
- ¿Por qué? -susurró con aquella voz angelical mientras sus labios carnosos estaban demasiado cerca de los míos como para su seguridad.
- Porque va a intervenir la guardia -respondí mirándola.
Ella sin comprender abrió la puertecilla que nos separaba y al escuchar un nuevo disparo agarró mi brazo y emitiendo un ligero grito de espanto ambos caímos en el césped del jardín.
Prefacio
Los disparos atronaban los oídos. La pólvora iluminaba el palacio en completa oscuridad.
La abracé contra mi cuerpo. No dejaría que la pasase nada. Lo había jurado, era mi obligación. Tomé su cintura y con mi otra mano su mano mientras corríamos alejándonos de las habitaciones.
Quería volver pero yo no deseaba que le sucediese algo por lo que la aferraba con más fuerza.
Su vestido emitía un continuo ruido por la carrera. Era molesto trotar con semejante peso que tenían sus faldas pero debíamos apremiarnos a todo lo que hasta ahora habíamos conseguido de nada serviría.
Llegué hasta la puerta de madera que jamás se había abierto en el instante que cientos de pasos entraban en el palacio entre gritos.
La abracé contra mi cuerpo. No dejaría que la pasase nada. Lo había jurado, era mi obligación. Tomé su cintura y con mi otra mano su mano mientras corríamos alejándonos de las habitaciones.
Quería volver pero yo no deseaba que le sucediese algo por lo que la aferraba con más fuerza.
Su vestido emitía un continuo ruido por la carrera. Era molesto trotar con semejante peso que tenían sus faldas pero debíamos apremiarnos a todo lo que hasta ahora habíamos conseguido de nada serviría.
Llegué hasta la puerta de madera que jamás se había abierto en el instante que cientos de pasos entraban en el palacio entre gritos.
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